A Rosario Romero nunca le falla el cálculo cuando de ingredientes se trata. Diez kilos de carne para el lomo saltado. Cinco de cebollas. Cinco de tomate. Tres cucharadas de ají especial. Dos puñados de sal, uno de comino, otro de pimienta. Pero cuando debe recordar cuántos platos se han servido en los 53 años que tiene el comedor del Club de Madres “Santa Rosa de Lima” de Convendilla, hace una mueca de indecisión: “¡Uy!, ¡millones!”, dice.

En un día cualquiera, 65 raciones son despachadas con prisa. El lomo saltado con lentejas va de la mano de un plato de sopa. Después de los primeros cortes y el encendido de los fogones desde las 8:00 de la mañana, la llegada de los primeros comensales anuncia el mediodía. El menú diario puede cambiar, pero lo que jamás cambia para Charito –como la llaman las otras cocineras– es su misión en la vida: aplacar el hambre de los más necesitados.

Así como la buena sazón, Charito lleva la solidaridad en los genes. Nació y creció entre cocineras comprometidas con su comunidad. Una de ellas, su madre, Plácida Pacheco, le enseñó la mayor lección que se puede aprender en una cocina: donde come uno, comen dos. “Mi mamá fue una de las fundadoras de este club de madres. Se juntó con otras señoras que necesitaban hacer algo por sus familias y sus vecinos”, rememora.

Desde un rincón, doña Plácida observa atenta la preparación del lomo saltado. Ya no interviene como antes. Ahora, a sus más de 80 años, es una leyenda viva de la cocina y la portadora de un legado que empezó a gestarse en 1966. “El club tiene 53 años. Yo apenas tenía seis cuando veía cómo mi mamá trabajaba duro con las otras señoras, y por eso decidí involucrarme. Siempre me gustó participar de esa labor social”, cuenta Charito.

La niña pelapapas no demoró en convertirse en la joven ayudante de cocina. Tampoco pasó mucho tiempo para que la curtida cocinera se viera a sí misma liderando el comedor del club de madres. Ya han pasado 22 años desde que Charito aceptó el reto de presidir a este batallón de mujeres. Miles y miles de platos han pasado por sus manos desde entonces. “De verdad, yo me siento muy contenta porque doy todo de mí por el prójimo”, dice.

 “Donde come uno, comen dos”, es la lección que Charito aprendió de su madre y hoy aplica en el comedor popular que dirige en Condevilla, San Martín de Porres. 

La emergencia sanitaria, desatada por el Covid-19, ha sido una más de las tantas pruebas que le ha tocado afrontar a Charito y a sus hermanas cocineras. Pese a los escasos recursos, el comedor nunca cerró sus puertas. “A mí nadie me va a parar. No le tengo miedo a esta pandemia. Como les digo a mis compañeras: si tenemos que morir algún día, moriremos cocinando; pero no teniéndole miedo a esta pandemia”, asegura.

El ingenio ha sido uno de los ingredientes para continuar luchando contra el hambre. Pero también la ayuda entregada por Inca Kola, a través del Banco de Alimentos del Perú. Como parte de la campaña “Con creatividad se para la olla”, Charito y sus socias han sido beneficiarias de un grupo de las 14.000 canastas con víveres que se han repartido a hogares, comedores, albergues y asociaciones vecinales de 11 regiones del Perú.

La campaña “Con creatividad se para la olla” de Inca Kola ha permitido que el comedor “Santa Rosa de Lima” de Condevilla siga entregando 65 raciones al día. 


“Nosotros no hemos parado de cocinar. Hemos seguido gracias al Banco de Alimentos e Inca Kola, y con eso hemos podido abastecer a las personas que vienen a consumir nuestro menú”, cuenta Charito, quien no descansa un solo día: sabe que en tiempos de crisis, no hay espacio para el agotamiento.

“Este comedor es mi vida”, dice con las lágrimas contenidas. Entregar un plato de comida le alimenta el alma. “Como peruanos que somos, como seres humanos, es el momento para tratar de ayudar a los que pasan hambre”, dice. La solidaridad siempre será el mejor menú para Charito.