Dulce y tierna. Así se define a sí misma y así describen a Deborah Ann Abanto los que apenas la conocen. Sin embargo, esta joven de 25 años es sobre todo una mujer capaz de decidir su propio futuro.

Así lo quiso un buen día, hace cuatro años, cuando se dio cuenta de que podía construir su vida con sus propias manos. Aunque no le resultaría sencillo. Lo que era natural para una muchacha que había crecido taladrando maderas y colocando tornillos en casa de uno de sus tíos, no lo era tanto para sus padres y amigos más cercanos, que temían que se quedara sin estudiar una carrera universitaria o se quebrara una uña.

“Ay qué bonita se te ve con un taladro, pero cuidado que te vayas a lastimar”, le decían cuando decidió crear Corar Craft, un taller de carpintería en el que ahora elabora desde cuadros hasta muebles. Pese a los prejuicios, disfrazados de escepticismo y preocupación, Deborah decidió seguir adelante. Poco a poco se capacitó, compró sus primeras herramientas, y, sin darse cuenta se volvió una experta en un campo vinculado tradicionalmente a los hombres.

Desde hace un año, la fundadora de Corar Craft ha empezado a dictar talleres de carpintería básica para introducir a más mujeres en el uso de herramientas.

Así como en la campaña de Sprite, que propone desestimar los comentarios negativos de los haters con frescura y responder a las críticas con amor e ironía a través del hashtag #IloveYouHater, Deborah ha decidido contestar con la herramienta que mejor sabe usar: el optimismo. “Me gusta un montón esta campaña porque cuando empecé mi proyecto y mucha gente desestimaba lo que hacía, me empecé a frustrar y llegué a estancarme. Hasta que me dije: si no tengo todo lo que necesito y la gente más cercana no me apoya, qué importa, es lo que me gusta y seguiré con mi sueño”, recuerda.

Mientras carga una sierra de mesa que tiene en el taller de su casa, recuerda la primera vez que le propuso a una marca de herramientas trabajar de forma conjunta. “Pensaban que quería ser la modelo que posaría con sus productos”, recuerda. No exagera. Puede enumerar todas las veces en las que fue subestimada solo por ser una mujer interesada en un oficio tradicionalmente masculino.

A los 17 años se inscribió en un curso de electricidad en SENCICO. Al llegar al salón, se dio cuenta de que todos eran varones. La observaron extrañados. Como a un ser de otro planeta. Incluso el profesor le preguntó: “¿Qué necesita, señorita?”. “Yo también vengo a llevar la clase”, respondió.

Después de muchas clases, lograría entender que la única voz que debía oír era la de su interior. Las del resto eran tan solo un cúmulo de estereotipos que la definían como la muchacha que acompañaba a su enamorado al aserradero o la jovencita de cara bonita que no sabía maniobrar un taladro como corresponde. “¿Cómo puedes saber eso, si tú no eres hombre?”, le dijeron alguna vez.

Deborah Ann fabrica todo tipo de objetos en madera. 

“El primer estereotipo que tuve que enfrentar, aunque parezca tonto, es el hecho de ser mujer”, dice Deborah, quien ha aprendido a lidiar con tres tipos de cuestionamientos de género. Primero, le objetan dedicarse a la carpintería porque es algo que una mujer no puede hacer. Segundo, tratan de convencerla de que, si bien puede, es algo que una chica no debería realizar. Y, por último, desconfían de la calidad de sus productos por el simple hecho de que no fueron construidos por las manos de un hombre. Ante esto, Deborah responde con frescura y sigue adelante, así ha demostrado a todos que ella es capaz de lograr lo que se proponga, construyendo desde el optimismo.

Pero no todo es desaliento. Por suerte, ha encontrado voces que la animan a seguir. La de su hermana melliza Rebeca, y también la de Rubén Villegas, que la acompaña en su aprendizaje. Carpintero de la vieja guardia, no duda en compartir con ella sus conocimientos. “Esta chica nunca está quieta. Es muy pilas y tiene mucho ingenio y creatividad. Trato de ayudarla en lo que puedo”, dice este asesor de una tienda ferretera donde Deborah acaba de comprar unas maderas para el taller que dictará esta tarde.

Nunca faltan los que le dicen que no sabe utilizar las herramientas, pero Deborah sabe que no tiene nada que demostrarle a los demás.

Esa misma pasión, visible a los ojos de Rubén, acabó por convencer a los padres de Deborah. “Si yo puedo hacerlo, muchas otras mujeres también”, dice en medio de un taller que dicta en Surco, al interior de una casa donde una mujer embarazada, una pareja de esposos y una joven madre empiezan a construir una mesa auxiliar con sus propias manos. El sonido de taladros acalla cualquier duda.