Reinventarse es el secreto de Lily Montes. Así ha sido siempre. Incluso desde antes de convertirse en bodeguera. La bautizaron Liduvina, pero cambió su nombre a una dulce repetición de dos sílabas. Dejó Huancavelica desde muy pequeña, pero aprendió a crecer en Lima. Luchó por su independencia y por tener su propio emprendimiento. Perdió su casa, pero no sus sueños. Y por eso ahora se niega a cerrar su bodega.

La perseverancia es su mayor virtud. Ni el estado de emergencia ha debilitado sus ánimos. Lily sigue firme pese a la incertidumbre. Los ingresos han caído en un 60% y tiene que pagar el alquiler de su local en Lince, pero ella cree que solo es cuestión de batallar unos meses más. “No sabemos cuándo va a pasar, pero uno tiene que adecuarse”, dice.

La preocupación se le nota en la mirada, pero no ha perdido la sonrisa detrás de la mascarilla. “Me costó tanto tener esta bodega que decidí seguir”, confiesa, parada entre las góndolas abarrotadas, al recordar que una bodeguera amiga le dejó su tiendita hace diez años y ella la convirtió en lo que es hoy: un minimarket-café, con un local más grande y el doble de clientes, que ahora la saludan como a una tía consentidora

. Oriunda de Huancavelica, Lily Montes pasó de clienta a propietaria de una bodega en Lince y logró convertirla en un punto de referencia en el distrito. 

La pandemia postergó algunos de sus planes, como la remodelación del local. Pero también sirvió para que Lily volviese a poner en práctica su empuje de emprendedora: la presencia de su minimarket se fortaleció en las redes sociales y el servicio de delivery se convirtió en otra forma de llegar a sus clientes. “Yo misma me encargo de llevar los pedidos todos los días”, cuenta orgullosa.

Un celular, una maleta con ruedas y un poco de ingenio han sido suficientes para que Lily le haga frente al distanciamiento social. “Una vez que me hacen sus pedidos, desinfecto los productos, los coloco en bolsas y los llevo”, explica. Usando una mascarilla y un protector facial, elaborado con plástico reciclado por Waysted y provisto por Mi Bodega Abierta de Inca Kola, cumple con el ritual al pie de la letra.

No solo adecuó su bodega con todo los protocolos de bioseguridad para que se mantuviera como un autoservicio, sino que habilitó un grupo de WhatsApp que le permitió crear un catálogo virtual.

Una maleta con ruedas le sirve a Lily para cumplir con los repartos a domicilio. Ella misma se encarga de recibir los pedidos y llevar los productos.

La capacitación constante fue la clave para que Lily estuviera preparada. La participación en la Escuela de Negocios de Coca-Cola, así como en otros espacios para bodegueros, la hicieron proyectarse al futuro a través de la tecnología. “Uno tiene que estar a la vanguardia de todo lo que sale. Aprender y aplicarlo”, dice.

“Yo me siento orgullosa de mí misma, porque, a pesar de los obstáculos, he podido seguir y sigo todavía con el sueño de hacer algo grande”, dice Lily. Ahora, su mayor desafío es convertir la actual crisis en una oportunidad y mantener su bodega abierta. “Juntos saldremos adelante”, asegura.

Miles de bodegueros a nivel nacional han decidido mantener sus negocios activos con el acompañamiento del programa Mi Bodega Abierta de Inca Kola, llevado adelante por Coca-Cola Perú y Arca Continental Lindley. Además de la entrega de láminas protectoras y protectores faciales hechos con plástico reciclado, la iniciativa incluye cursos a distancia de la Escuela de Negocios de Coca-Cola que les ofrecen herramientas para afrontar los nuevos tiempos.

A su vez, estas acciones forman parte de la plataforma regional Juntos Salimos Adelante, que integra los múltiples esfuerzos de la Compañía y sus socios embotelladores para contribuir a la recuperación de toda su cadena de valor: el canal tradicional, los recicladores y la comunidad.