Artífice de las historias más exitosas de la televisión peruana de los últimos años, desde “Dina Páucar, la lucha por un sueño”, hasta las más recientes “Mi amor el guachimán” o “Mis tres Marías”. Nadie diría que la hoy considerada “apuesta segura” de la producción nacional inició su carrera entre risitas burlonas que no confiaban en que esa joven mujer, hija de un reconocido director, pudiera entender el negocio de la televisión. No era para menos, Michelle Alexander buscaba hacerse un espacio y un nombre en un mundo que era exclusivamente masculino: la producción de entretenimiento.

Be bold for change (Ser audaz para el cambio)

Terminada la charla sobre Género y Entretenimiento que Michelle Alexander impartió en Coca-Cola Perú, la destacada productora y empresaria de la televisión y el entretenimiento nacional conversó con Journey.

¿En algún momento sentiste que te podían creer menos válida por ser mujer?

Cuando yo comencé a dirigir no había mujeres directoras. Todo el trabajo de la televisión -porque todavía no era industria- era manejado por hombres. Las mujeres solamente trabajaban delante de cámara: eran actrices, modelos y periodistas; pero digamos que no ocupaban ninguna función de cabeza. No había ninguna productora que manejase un proyecto entero. Entonces yo no solamente escuché el “¡qué vas a saber de televisión si yo te he visto de chiquitita!”, sino “¡tú que vas a saber de televisión si eres mujer!”. O sea, “¡tú no sabes nada de eso!”.

¿Cómo lograste revertir esta situación?

Me tuve que  valer de algunas herramientas para acercarme. Ellos me tenían afecto porque era la hija del director, de su amigo, y me valía de eso. Es decir, usé las mismas herramientas que usaban los hombres, consiguiendo entrar en su círculo, y era la única mujer. Ellos pensaban que no sabía hacer televisión, pero no tenían ningún argumento válido. Por supuesto, cuando escuchaba comentarios desafortunados les respondía que me había formado. Y aunque me faltaban cosas por aprender, seguía estudiando para alcanzar mis metas. La experiencia de ellos era muy valiosa para mí, y poco a poco fueron capaces de ver mi potencial y comenzaron a apoyarme.

¿Sientes que en los puestos clave, de jefatura por ejemplo, a la mujer se le exige ser un poco más rígida y demostrar mayor fuerza?

Yo pienso que existen estereotipos como el que trabajar con una mujer es bueno porque es inflexible, no se deja sobornar y es más trabajadora. O que una mujer no se distrae. Hay un estereotipo de eso, mientras que en el lado del hombre se relacionan con la fuerza y su capacidad.

No creo que tenga que demostrar ser dura o más rígida. Si hago una llamada de atención, no se percibe como un sentido de autoridad, pues eso es una virtud del hombre. Muchas de las cualidades que son vistas de manera positiva en un hombre, son vistas en la mujer como un defecto.

¿Existe algo de la televisión peruana que luches por cambiar, ya sea estereotipos de raza, clase o género?

Yo lucho contra el uso físico de la mujer por ser mujer. Ese aprovechamiento que existe en el mundo de la televisión hacia el cuerpo femenino, y cómo la mujer tiene que sentirse humillada por obtener un papel.

Además, hay un tema de discriminación debido a la cultura o la raza. Yo, después de trabajar muchos años en la televisión, quise armar mi propia productora para poder crear y hacer los contenidos que yo quisiera hacer, y dentro de esos estaba la mujer. Quería darle el lugar que merece, un lugar que la represente.

Entonces me pregunté, ¿qué historias quiero contar? Quiero contar historias de éxito y ahí conocí a Dina Paucar. Ella estaba alejada del estereotipo de mujer que salía como protagonista en la televisión. Es una mujer que trabaja siete días a la semana dando conciertos, y ahí se me ocurrió contar las historias de la gente que vive en Lima, pero llega de provincia a buscarse un futuro mejor.

Estoy hablando del año 2002, donde las telenovelas que estaban de moda eran historias de amor entre personas de clase media y clase media alta. No se contaban historias de aquellos provincianos, de la gente de sectores populares. Las mujeres que aparecían en televisión eran empleadas del hogar o la señora que vendía en la bodega. Y me dije: vamos a hacer esta historia y a tener como protagonista a una peruana mestiza.

Nos costó mucho, nos cerraron las puertas de casi todos los canales. Yo ya había trabajado en otros canales y a pesar de hacer trabajos exitosos nos dijeron: “No, la historia de esa mujer no vende” o “la historia de esa mujer es para las cinco de la mañana”.  Entonces invertimos nuestro dinero, hasta que Frecuencia Latina (hoy Latina) tuvo una época de apertura, y me dijeron “tú trabajas para nosotros en esta producción, y nosotros te compramos la miniserie”.

Y eso fue en el 2003 y la serie estuvo durmiendo un año. Salió a las nueve de la noche, en prime time, y cuando vi los estudios de audiencia salté de alegría. Hubo un antes y un después en la televisión peruana.  

La historia de esta mujer peruana alcanzaba niveles de sintonía que hacía tiempo no se alcanzaban.  Nos dimos cuenta en la televisión que Lima no era este target tan chiquitito, era un tema más grande y creo que la imagen de una mujer, en este caso Dina Páucar, fue la que nos hizo darnos cuenta de eso.

¿Cuáles son los siguientes pasos en el mundo de entretenimiento para demostrar lo que está pasando?

El fin de la televisión es el entretenimiento. Creo que debe ser un deber y obligación de todos los productos el conseguir una sociedad mejor. No solamente para hablar de la situación de la mujer, sino para crear conciencia de otros temas.

Debemos cuidar los contenidos. No apoyar ni promover contenidos discriminatorios y no promover contenidos que puedan afectar a que esta sociedad sea más violenta, sobre todo contra la mujer.