A Mónica Liyau la vida le dio una segunda oportunidad después de superar un cáncer. Hasta ese momento, todo había girado en torno a su exitosa trayectoria como tenista de mesa.

Lo que había empezado como un juego se había terminado convirtiendo en su mayor pasión. Y, de paso, en su principal fuente de alegría. Los trofeos a nivel nacional, sudamericano, latinoamericano y panamericano, pero sobre todo la participación en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, le enseñaron que nada se consigue sin esfuerzo en el deporte y en la vida.

El tenis de mesa había encaminado su destino: la estancia en Brasil, el matrimonio con Cláudio Kano —número seis del mundo— y la llegada de su hijo mayor Christopher. Pero esta vez no quería que fuera la vía para alcanzar satisfacción personal. Mónica buscaba algo más grande.

Una tarde, frente al mar, decidió que un nuevo propósito iluminaría sus pasos. Sentada en la playa, al lado de su amiga Giuliana Bustamante —integrante de la organización Perú 2021—  sus pensamientos se ordenaron. “A mí me gustaría hacer responsabilidad social”, dijo, como una epifanía.

Por supuesto, a Mónica no se le pudo ocurrir más que una cosa: el tenis de mesa. Desde los siete años, había crecido dándole a la pelota. Día y noche: más de 36.000 horas de arduo entrenamiento en casi 20 años de carrera deportiva.

. A través del programa “Impactando vidas”, Mónica instaló más de 400 mesas de concreto en 100 colegios, y entregó más 7.500 raquetas y 20.000 pelotas. 

Como en una partida de tenis de mesa, todo ocurrió muy rápido. En pocas horas, su amiga Giuliana le explicó los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas. Semanas después, Mónica Liyau empezó a delinear el proyecto, armó el equipo de trabajo y definió el marco institucional. Para noviembre de 2016, menos de un año después de la charla en la playa, el programa ya tenía nombre oficial: “Impactando vidas”.

Los resultados no tardaron en llegar. La alianza con el Ministerio de Educación la convenció de que estaba en el camino correcto. Desde entonces, Mónica Liyau ha logrado que 150.000 niños en 12 de las 24 regiones del país formen parte de lo que ella llama “pimponizar al Perú”, que no es más que contagiarles su propia pasión.

“El cáncer hizo que me detuviera, me cuestionara y replanteara mi vida. Tengo que dejar un legado, me dije”, cuenta durante la segunda edición del foro Mujeres de Cambio.

Más de 100 escuelas públicas ya forman parte del programa. Con más de 400 mesas de concreto construidas, más de 7.500 raquetas y 20.000 pelotas entregadas. Pero, sobre todo, con el incentivo de participar en los Juegos Escolares Nacionales, como paso previo para la captación de talentos. Profesores y directores, además, han sido capacitados para convertirse en promotores deportivos, con el aval del Instituto Peruano del Deporte.

En menos de tres años, Mónica Liyau logró eso y más. En noviembre de 2018, recibió el premio al mejor programa social deportivo de las Américas de parte de la World Olympians Association. Y hace tan solo unos meses, en el marco de los Juegos Panamericanos de Lima 2019, fue invitada por el Comité Organizador a una cena de gala en la Residencia Británica para presentar el documental que resume su sueño hecho realidad.

Si hay algo de lo que se siente orgullosa es que Impactando vidas cumple cinco de los 17 ODS: Bienestar y Salud, Educación de calidad, Igualdad de género, Reducción de las desigualdades y Alianzas estratégicas. Hace poco llevó a Brasil a ocho niños de su programa, y para el próximo año quiere que una pelota de ping pong rebote en todos los rincones del Perú. “La meta es empoderar a más niños y niñas a través del deporte”, asegura.