Un virus ha puesto en vilo al mundo entero. Las personas se distancian. Los negocios cierran. La economía está gravemente afectada. Y Peter Apolinario ha podido comprobarlo: las ventas de su minimarket en El Agustino han bajado un 20% a partir de la cuarentena. Pero él solo piensa en las palabras de su madre, Pelagia Campos: “Las crisis son la mejor oportunidad para reinventar negocios; son la mejor prueba para medir de lo que estamos hechos”. 

Esa frase ha sido su mayor lección de vida. La prueba irrefutable de que no hay que darse por vencidos. Después de huir de su chacra en Satipo para escapar de las balas de Sendero Luminoso, a su madre no le quedó más remedio que empezar desde abajo en Lima: vendiendo frutas en los alrededores del mercado de Santa Anita y viviendo entre paredes de triplay y bajo un techo de plástico. Sin agua, sin luz, sin desagüe.

Aquellos años de angustia familiar vuelven a la cabeza de Peter Apolinario. Pero no a modo de lamento. Mientras pasea dentro de su minimarket, ubicado en la urbanización Las Praderas de Santa Anita, se enorgullece de ese pasado. Recuerda con un nudo en la garganta los tres años que demoraron en pasar de un puesto en la calle a una pequeña frutería en el frontis de su casa, levantada con mucho sudor y no pocas lágrimas.

 A sus 37 años, Peter no solo regenta Apolinario Market, sino que también lidera la junta de propietarios de su urbanización, Las Praderas de Santa Anita. 

El coraje y la visión de Pelagia resultaron decisivos para aquel salto. En poco tiempo, la frutería se convirtió en tienda de abarrotes. Y aunque Peter buscó su propio camino, todas las experiencias en otros oficios le servirían para volver. Estaba escrito: su destino era continuar el legado de su madre.

“Mi gran maestra es ella”, dice Peter a Journey, a través del teléfono. No son días fáciles para su negocio, pero pensar en las palabras de su madre lo reconfortan. La bodeguita es ahora un minimarket que es impulsado por el Sistema Coca-Cola y el pilar de otro de los sueños de Peter: un moderno gimnasio que ha pasado a ocupar los tres pisos superiores recién construidos.

La cuarentena llegó en mala hora para el nuevo negocio. La inversión tardará en recuperarse y Peter no oculta su preocupación, pero no quiere bajar los brazos. “Tengo que afrontar esta nueva realidad y reinventarme”, explica. Por estos días, el gimnasio sirve para que sus colaboradores se ejerciten. Ha tenido que tomar algunas decisiones difíciles, pero mantiene los precios de sus productos. “A la larga nos va a beneficiar con los clientes. Nadie debería aprovecharse de eso”, asegura.

Así como la resiliencia de su madre guía sus pasos, también su apego por la solidaridad. “Tenemos un compromiso. Tenemos una responsabilidad social”, repite varias veces, como empresario, pero también como vecino. Desde su cargo de presidente de la asociación de propietarios de su urbanización, no sólo ha impulsado que su barrio tenga más pistas, veredas y postes de luz, sino también la ayuda a los más vulnerables durante la pandemia: hace algunas semanas repartió unas 40 canastas con víveres.

“Todo negocio va de la mano con el desarrollo social”, dice. Es algo que ha leído en sus clases sabatinas para graduarse de administrador de empresas, pero sobre todo es algo que ha aprendido del ejemplo vivo de su madre. “Si yo crezco como profesional y como persona, entonces debo ayudar a mi entorno”, explica Peter.

Los cuatro colaboradores a cargo de Peter Apolinario trabajan con todas las medidas de seguridad: guantes, mascarillas especiales y protectores faciales.

Por eso está convencido de que solo se podrá salir de esta crisis de forma colectiva. Dándose la mano entre todos. “Los clientes son los únicos que nos van a ayudar a superar esta situación”, dice. La solidaridad es más que una estrategia, es un modo de vida para Peter. “Los bodegueros cumplimos una función muy importante en la comunidad. Al vender aquí, evito que el cliente vaya al mercado y se pueda contagiar”, asegura.

Por ahora, debe atender a puertas cerradas. La seguridad de sus trabajadores es una de sus prioridades: ninguno atiende sin mascarilla o guantes. El gel antibacterial y la lejía son obligatorios. “Estamos cumpliendo con todo para protegernos”, explica.

Mantener el negocio que le heredó su madre es un reto enorme. Después de casi diez años al frente del minimarket familiar, Peter cree que ha llegado la hora de adecuarse a los nuevos tiempos. El servicio de delivery está en etapa de prueba. Asociado con su hermano Jhonson, el verdulero de la familia, ya tienen 25 clientes. “Si es que no vendo carne, frutas y verduras, no podré atraer a otros. Tenemos que diversificar”, dice.

El nuevo desafío para los bodegueros es llegar a la puerta del cliente. “Eso ya se sabía hace cinco años. Pero esta crisis ha acelerado este proceso”, explica. El grupo de WhatsApp “Emprendedores y negocios de Las Praderas”, creado por Peter para reactivar la economía de su barrio, tiene ese objetivo: consolidar el delivery a través de la campaña “Cómprale al vecino”.

Cuando se levante la cuarentena, espera atender las 24 horas. No quiere desperdiciar esa oportunidad. “Esta crisis me obliga a adelantar lo que estaba planificando, pero de manera más conservadora”, dice Peter. No le teme a lo que vendrá. Tiene el apoyo de su esposa Violeta y el consejo permanente de su madre, que, retirada en su chacra de San Martín de Pangoa, siempre le recuerda lo esencial: una crisis se supera entre todos.