Joel viaja todas las mañanas desde Chorrillos hasta el otro extremo de la Costa Verde para encargarse de recoger, casa por casa, los residuos sólidos de las 8.666 viviendas que están empadronadas en el programa municipal de segregación de la Municipalidad de Magdalena. Desde hace seis meses, es un reciclador formal o “segregador”, como lo llama la Gerencia de Desarrollo Sostenible del distrito.


Cartón, papeles y botellas: todo eso lleva la bolsa que acaba de recoger en la casa de la señora Leonor Moya, una trabajadora del hogar que se encarga de entregarle los residuos puntualmente. Joel los recibe y decide cuáles pueden ser reciclables. Al principio, lo hacía de forma mecánica, como una orden que debía cumplirse; pero con el correr de las semanas, luego de las capacitaciones sobre educación ambiental que ha recibido como parte del programa distrital de segregación, este joven de 25 años entendió que ese material podía reutilizarse, dar ingresos a más familias y aliviar la carga de los rellenos sanitarios.

“Antes, todo esto era algo desconocido para mí”, dice mientras balancea ligeramente la bolsa verde entregada por la señora Leonor. Siempre con el chaleco que lo identifica como “Un Reciclador”, Joel se cruza a diario con vecinos comprometidos, indiferentes, curiosos, distraídos y, a menudo, con aquellos que insisten en tirar residuos orgánicos en las bolsas destinadas para la segregación. “Uno ve de todo. Por eso nos toca educar a los vecinos para que sepan qué botar”, explica.

De hecho, hace un tiempo, él mismo arrojaba las cáscaras de plátano y los restos de la comida en el mismo cesto al que iban las cajas de cartón usadas o las botellas de gaseosa. “Sí, antes tiraba la basura incluso por la ventana del carro —admite—. Pero ahora ya no hago eso. Y trato de inculcarle ese ejemplo a mi familia”. También ha logrado que su negocio familiar, una bodeguita en Chorrillos, apueste por la separación de cartones y envases de gaseosas, que luego vende a recicladores.

Así como Joel, Leyda Velásquez, propietaria de El Barquero, en pleno corazón de Magdalena, se convenció de que ayudar al medioambiente puede ser beneficioso para sus propios intereses. Su restaurante es uno de los once empadronados por la Municipalidad del distrito costero que entrega su aceite usado, para luego ser convertido en biodiesel, como parte de otro de los programas verdes. “Antes lo entregábamos a los informales y ellos lo llevaban a las chancherías sin cuidados. Además de malograr el medio ambiente era riesgoso también para la limpieza dentro de la cocina”, cuenta.

Sobre una de las paredes de esta cevichería atiborrada de comensales cuelga el certificado
de Huella de Carbono, que lo acredita como uno de los 384 restaurantes del distrito que se
ha propuesto reducir su impacto en el medio ambiente. “Si podemos ayudar a reducir la contaminación, creo que es mejor para todos”, dice la empresaria local.

En medio de la postulación de Magdalena al concurso Desafío de Ciudades de la WWF Internacional (se puede votar en www.WeLoveCities.org hasta el 30 de junio), el impacto de las acciones de Joel, Leonor y Leyda adquiere especial importancia: sumado a muchos más esfuerzos de ciudadanos anónimos que deciden apostar por prácticas más responsables, se empieza a gestar una conciencia ambiental colectiva.

Si te interesa conocer cómo Coca-Cola Perú trabaja por el medio ambiente, conoce la iniciativa “Un Mundo Sin Residuos”.