Una fotografía puede ser suficiente para evidenciar cuánto hemos crecido. O para advertir también el trayecto recorrido a través de una vida. Ese es el caso del retrato que Apolonia Llaure acaba de desempolvar de uno de los rincones de su casa en Villa El Salvador: una instantánea que tiene los mismos años que su hija Diana: 20. El tiempo suficiente para edificar una bodega y una casa, pero, sobre todo, una familia.

En realidad, la bodeguita de Apolonia Llaure está a punto de cumplir un cuarto de siglo. Solo que, en sus primeros cinco años, no tuvo un nombre definido. Se limitó a ser la tiendita del barrio. La bodeguita de la señora Apolonia. El almacén que primero vendía Coca-Cola y cerveza a través de una ventana y que luego pasó a tener un mostrador.

Ese mismo mostrador es el que aparece en la fotografía rescatada del archivo familiar. Detrás de él, Apolonia carga en brazos a una bebé con apenas unos meses. Una bebé que llegó al mundo para ser bautizada como Diana; pero también para darle nombre al negocio que permitió que la familia se mantuviera unida a lo largo de los años.

“20 años ya de eso”, suspira Apolonia sin dejar de mirar la fotografía. El viaje al pasado, sin embargo, debería remontarse mucho más atrás: 37 años para ser exactos, cuando una muchacha, la segunda de siete hermanos, con 15 recién cumplidos, decidió dejar Angasmarca, un discreto pueblito en las alturas de Santiago de Chuco, para cumplir una promesa que se hizo a sí misma: rescatar a su familia de la pobreza.

En el camino, esa muchacha llamada Apolonia conoció a Antenor, otro angasmarquino que también había decidido probar suerte en Lima. Se enamoraron y se casaron con la ilusión de dos emprendedores. Los hijos llegaron después. En la fotografía rescatada del pasado, Antenor sonríe como un padre orgulloso y posa una mano sobre el hombro de su esposa, en un gesto que resume su lealtad inquebrantable.

Apolonia Llaure dejó su natal Angasmarca, en las sierras liberteñas de Santiago de Chuco, para forjar un futuro en los arenales de Villa El Salvador. 

La misma fuerza de voluntad que le permitió superar duros golpes a los que la enfrentó la vida, es la que le permitió que Arca Continental Lindley reconozca a su tiendita como una Bodega Elegida Platinum. Las capacitaciones en la Escuela de Desarrollo de Negocios terminaron por consolidar su crecimiento como bodeguera. “Desde que empecé a tomar estos cursos, mi bodega mejoró y las ventas aumentaron un 20% o un poco más. Me siento agradecida con Coca-Cola”, afirma.

20 años después, repiten el retrato familiar detrás del mostrador. 

Antes de posar para el lente de Journey Perú, que busca reconstruir ese viejo retrato familiar 20 años después, Apolonia rebusca otra vez en su memoria y visualiza cómo era su barrio cuando su bodeguita recién abrió las puertas. En medio del arenal, los clientes eran escasos y se ganaba lo justo para comer. “A veces me parece un sueño todo lo que logramos. No pasé cosas feas porque lo hice con muchas ganas de trabajar. Mi vida ha sido mi tienda y siempre la pasé aquí con mis hijas”, comenta.

Ahora tiene una casa de tres pisos, un negocio próspero y una familia en las buenas y en las malas. Pero además se precia de ser vecina del nuevo Centro de Distribución Lima Sur de Arca Continental Lindley, que le permite acceder a los productos de Coca-Cola de forma más eficiente. “Gracias a mi esfuerzo y al de mi esposo hemos podido construir todo esto y hacer mucho por nuestros hijos”, dice antes de sonreír para el nuevo retrato. Dentro de 20 años podrá revisarlo como una nueva prueba del largo camino recorrido.