A Yulisa Torres nadie ha podido convencerla de que Papá Noel no existe. Su corazón sigue siendo de niña y aunque en sus 48 años de vida haya pasado momentos complicados, cada diciembre se las ingenia para ver el lado positivo y convencer a sus clientes y vecinos en Magdalena de que los regalos a veces llegan sin envoltura.

“Una sonrisa es muchas veces el mejor regalo que se puede dar en estas fechas”, dice, mientras se coloca una mascarilla roja con la barba blanca de Papá Noel. Su tienda, La Bodeguita de Magdalena, es la sucursal en Lima de la magia de la Navidad. Adornos que cuelgan del techo, luces de colores, bastones de caramelo y dos canastas navideñas hacen que su pequeño negocio sea un recuerdo gigante para cualquier visitante.

Pese a la pandemia, decidió que cumpliría con la tradición de los últimos años: la tarde previa a la Nochebuena, Papá Noel apareció en su tienda para recibir con un dulce y una sonrisa a cada persona que asomara en la puerta del negocio. “Se dice que la Navidad es de los pequeños, pero no: la Navidad es de todos. Es llevar ese espíritu de niños que todos tenemos en el corazón”, dice, con la voz firme.

Por eso, a Yulisa nadie podrá convencerla de que Papá Noel no existe por una sencilla razón: vive con él desde hace 25 años. Solo que recién hace seis se enteró de que era él. Luis Guillermo Sotomayor, su compañero y padre de su única hija, aceptó interpretar ese otro rol en su vida. Cada 24 de diciembre se pone el traje para alegrar al barrio. Con mayor razón en este año en el que las lágrimas aumentaron y los abrazos se restringieron.

“Nos ha tocado despedirnos de muchas personas. Hemos despedido familiares, clientes, vecinos, compañeros de trabajo, bodegueros, y eso hace que uno aprenda a valorar la salud, a la familia. Nosotros seguimos aquí, gracias a Dios. Por eso este fin de año ha sido tan especial”, dice Yulisa, más convencida que nunca de que Navidad es sinónimo de unión. “En esta vida todo es posible si la familia está unida”, asegura.

Ella más que nadie sabe por qué lo dice. Hace ocho años su esposo fue diagnosticado con esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa y lastimosamente incurable. Pero decidieron enfrentarla con el mejor regalo que han recibido de la vida: la esperanza. Por eso las sonrisas siguen intactas en Navidad. Por eso Luis Fernando sigue poniéndose el traje de Papá Noel para contagiar alegría. “Seguro nadie en la cuadra sabe ni cómo me llamo, pero saben que soy Papá Noel. Y eso es emocionante”, dice.

En complicidad con Luis Fernando, su esposo, Yulisa logró que el 24 de diciembre los clientes fueran recibidos en su tienda por Papá Noel.

La historia de su bodega es también buena parte de la historia de sus vidas. A Yulisa le tocó abrir el local con unas cuantas botellas de gaseosa. Luis Fernando no dudó en acompañarla. “Empezamos desde abajo, cuando mi hija recién iniciaba el colegio”, dice ella. “La primera empresa que nos apoyó con un visicooler de un cuerpo fue Coca-Cola”, recuerda él. Más de 15 años después, tienen motivos para sentirse bendecidos. “Ahora mi hija ya está en la universidad. Es gratificante ver que mi esfuerzo rinde frutos”, dice Yulisa.

Detrás de la barba de Papá Noel, Luis Fernando se emociona: “A esta bodega le hemos dedicado nuestro esfuerzo y nuestro tiempo; nuestras alegrías y nuestras lágrimas”. Y una forma de recordarlo es devolviendo a su barrio todo lo bueno que les ha tocado recibir como familia. El sorteo de dos canastas navideñas, una de ellas entregada por Coca-Cola Perú, y las donaciones al vaso de leche de Magdalena son solo otra forma de regalar sonrisas.

La magia de la Navidad se vive intensamente en la bodega de Yulisa. Con más de 15 años en el rubro, está comprometida con el bienestar de su comunidad.

“Gracias a la iniciativa de Coca-Cola Perú, pudimos entregar una canasta con víveres a uno de nuestros clientes”, dice Yulisa, la bodeguera que jamás se olvida de su barrio. Menos en Navidad. La solidaridad le aflora natural. Por eso, además, es miembro del Comité de Salud de Magdalena y recicla tapitas de botellas para ayudar a la Asociación de Ayuda al Niño Quemado y a los Angelitos de Cristal del Hospital del Niño. “Así soy yo”, insiste.

Como participante de la Escuela de Negocios de Coca-Cola, Yulisa tiene claro que las mejores ganancias no van necesariamente al bolsillo. “Trato de brindarle a mi comunidad todo lo que yo pueda. Agradecer el apoyo que nos han dado durante todo este año que no ha sido fácil”, afirma. Ese es el mejor regalo que puede entregar. “Se trata de contagiar la magia de la Navidad”, dice su esposo, más parecido que nunca a Papá Noel.

Cientos de clientes de Yulisa participaron del sorteo de dos canastas navideñas. Una de ellas fue donada por Coca-Cola Perú.

Por supuesto, ambos también esperan sus propios regalos. Concretar la boda religiosa, postergada a causa de la inusitada llegada del COVID-19; pero, sobre todo, que Luis Guillermo se alivie. “Ojalá que algún genio pueda encontrar una cura, que haga que tantas personas como yo en todo el mundo puedan tener una vida un poco más normal”, dice. Pero se cumpla o no, Yulisa no dejará de creer nunca que Papá Noel existe y de compartir con todos los que la rodean la magia de la Navidad.