Cada vez que un temblor sacude Lima, Miguel Adrián Alburquerque no baja por las escaleras como el resto de sus vecinos. Su primera reacción, espontánea y visceral, es abrazar el estante donde conserva una parte de su colección de botellas de Coca-Cola. No lo duda. Más de la mitad de los recuerdos de su vida está en esa estantería.

“¿Cómo están tus botellas?”, suele ser la primera pregunta, por teléfono, que le hace su novia, Gigi Naveda, cuando la tierra deja de temblar. Desde que iniciaron su relación, hace más de 13 años, en cada aniversario Miguel se comporta como un verdadero coleccionista de Coca-Cola y le regala uno de los reconocidos ositos de la marca.

Desde entonces, la colección de Miguel no ha dejado de crecer: juguetes, tazas, libros, latas, afiches, relojes o libretas. Tampoco la que Gigi empezó a formar con osos de todos los tamaños y colores. En algún punto, comprendió el valor de ir detrás de una pieza inubicable o catalogada como descontinuada. “En el camino, así como mi familia, ella se dio cuenta de que esto es una pasión”, dice.

Por supuesto, es una pasión con un punto de partida. Uno trazado por su propio padre. “Mi mamá le dice que él fue el culpable de que yo empezara a llenar la casa con latas y botellas de Coca-Cola”, cuenta Miguel. Su padre, un médico especialista en Medicina Tropical, le regaló unas latas de Coca-Cola traídas por un amigo del extranjero, y a partir de ahí comenzó su colección.

Apenas un 20% de la colección de Miguel es visible. La mayor parte está guardada por falta de espacio.

Su madre, sin saberlo, acabó con su primer intento de colección. “Tiró todas las latas que tenía en mi escritorio, pero, un año después, empecé de nuevo”, recuerda Miguel, parado en medio de lo que fue su habitación y que ahora parece más el museo más grande de Coca-Cola en el Perú. En lo que antes eran estantes para libros y juguetes, ahora hay más de 200 botellas con ediciones especiales y de todo el mundo.

Entre cuatro paredes de un tercer piso en Magdalena, conserva piezas invaluables: desde la versión por los 100 años de Coca-Cola en el Perú hasta una conmemorativa por el Mundial de Argentina 1978. Botellas de decenas de países: desde Chile hasta Estados Unidos, cruzando todo el continente americano. Pero también están las que tienen el logo serigrafiado en otro idioma: hebreo, egipcio, coreano, chino, nepalí y hasta mongol. Incluso una botella de Djibouti, una república africana que hasta hace poco no sabía que existía en el mapa.

Cada botella es un hallazgo, como aquella en honor a la boda de Lady Diana. La edición solo se entregó a los invitados, pero ahora forma parte de su colección. En total, son más de 2.000 ejemplares, pero apenas tiene lugar para mostrar el 20 por ciento. El resto de botellas están guardadas. Lo mismo ocurre con los souvenirs y latas. Pero con lo que está a la vista basta y sobra para convencerse de que Miguel se ha encargado de acopiar todo aquello que remita a una marca con 133 años de historia.

Desde una cinta adhesiva de Coca-Cola hasta una medalla con el logotipo en dorado entregada a un trabajador de una planta en Japón. Cuesta creer cómo llegaron hasta sus manos, pero están aquí. “Yo calculo que, entre botellas, vasos y una que otra cosa con el logo, tranquilamente tengo más de 4.000 artículos diferentes de Coca-Cola”, dice, pero de inmediato aclara que aún tiene pendiente hacer un inventario.

Si lo hiciera, debería contar, además, la botella que le mandó hacer su novia Gigi. Una especie de escultura con la forma del histórico modelo contour de Coca-Cola, con una placa debajo que dice: “En reconocimiento al mejor coleccionista de Coca-Cola”. Por supuesto, no ha sido el único regalo ligado a la marca. Hace unos meses, lo llevó con engaños hasta el edificio de Coca-Cola Perú, en Surquillo, para recibir, de parte de la marca, la edición especial completa por el Día de San Valentín que nunca salió a la venta.

La pasión de Miguel por Coca-Cola empezó con unas latas que su padre le regaló. 
 

 

Desde hace cinco años, Miguel viaja a las convenciones mundiales de coleccionistas. Y hasta ha logrado cumplir el sueño de trabajar en una planta de la Compañía, como médico ocupacional en Zárate.

Aunque volverá a representar al Perú en un encuentro que se realizará en octubre en México, no se considera el mejor coleccionista peruano de Coca-Cola. “No sé si soy el más grande o el más pequeño. Pero esto es parte de mí. Es como mi tercer nombre; porque si dicen Coca-Cola, yo volteo”, asegura Miguel con una sonrisa honesta. El optimismo le viene de fábrica: “Coca-Cola siempre nos plantea ver la botella medio llena y no medio vacía”. Lo que para muchos es tan solo una marca; para él es una filosofía de vida.