En los cerros de San Antonio de Chaclla, en las afueras de Lima, convierten el aire en agua: han colgado tres mallas que absorben la neblina de la noche y la madrugada y la transforman en gotas que sirven para regar huertos, criar peces, poner en marcha baños ecológicos e incluso para el consumo humano.

Los promotores de esta inusual tecnología son los miembros de la Asociación de Líderes de Educación Verde (ALEV), una organización sin fines de lucro que busca comprometer a las comunidades menos favorecidas con la causa medio ambiental. Desde enero de 2018, cuando instalaron las mallas, se ha logrado capturar 8.800 litros de agua que han sido utilizados en el centro de investigación agrícola y animal que funciona en el mismo lugar.

Los atrapanieblas tienen cinco metros de largo por tres de ancho (15 metros cuadrados), y están realizados con malla Raschel, un tipo de cobertor muy usado en la industria de la construcción y en la agroindustria. “Este material capta las gotas microscópicas que hay en la atmósfera y las convierte en gotas macroscópicas. Mientras más humedad haya en el aire, mejor para nosotros”, explica el Ingeniero Ambiental Juan Villantoy, uno de los líderes de la asociación.

Las gotas caen en un tubo de policloruro de vinilo (PVC) reutilizado ubicado en la base de la malla y desde allí caen por una manguera reciclada hacia un balde, también reciclado. Durante el invierno y con la humedad mayor a 98%, un atrapanieblas puede capturar hasta 520 litros de agua por día; en otoño, unos 220 litros por malla.

EXPERIMENTOS EN EL HUERTO

El primer destino del agua recolectada es el huerto del centro de investigación: se utiliza para el riego de las plantas medicinales y aromáticas como hierba luisa, cedrón, orégano, albahaca, menta y romero, y frutas como chirimoya, manzana, plátano y granadilla. “Gracias al agua del atrapanieblas podemos mantener vivas estas especies y saber cuáles se adaptan mejor a este terreno árido: hemos descubierto, por ejemplo, que la chirimoya no funciona y que el plátano sí. Esta valiosa información la compartimos con los pobladores, que ya saben qué cultivar en sus casas”, comenta Juan.

Mientras habla, un grupo de universitarios trabaja delimitando una nueva plantación con ladrillos ecológicos (botellas de plástico rellenas de tierra) mientras otros rocían sobre las plantas un insecticida orgánico que han preparado en base a cebolla, ajo y ají. La mezcla mantiene a raya a las polillas que acechan los cultivos. Los estudiantes son voluntarios y, a cambio, Juan los ayuda en sus tesis. Sólo en 2019 se han publicado 16 trabajos sobre el centro de investigación de San Antonio de Chaclla.

El segundo destino del agua son las piscigranjas en las que crían tilapias, una especie de peces comestibles cada vez más valiosa en los mercados de la zona, y guppies, un pez ornamental. El agua que captan de la atmósfera sirve, en tercer lugar, para activar los inodoros de los dos baños ecológicos. Como no hay desagüe en la zona los desechos van a un depósito subterráneo en el que se descomponen con la ayuda de los microorganismos de la leche. Sí, han descubierto que echar mensualmente una dosis del lácteo en los inodoros ayuda a hacer desaparecer los residuos.

Finalmente, usan una parte de lo recolectado para el consumo humano. Previamente pasan el líquido por un filtro purificador comercial que retiene las impurezas y las bacterias. “Recuerden que el agua es el recurso más importante que tenemos, así que los sistemas de atrapanieblas van a ser el presente y futuro de nuestro planeta”, asegura el Ingeniero Villantoy.