Un hombre se encarga de separar la basura. Tiene el aspecto de los héroes discretos. Nada en él parece extraordinario. Definitivamente no es el protagonista de un cómic, pero su atuendo dice lo contrario: lleva anteojos de seguridad, guantes y chaleco protector. Se llama Basilio Gómez, y, aunque le han dicho que es un héroe del medio ambiente, él prefiere cumplir su labor de reciclador como lo viene haciendo desde hace casi dos décadas.

En medio de la segunda edición del Festival de Cultural Ambiental, organizado por el Ministerio del Ambiente en la Concha Acústica de Jesús María, Basilio luce concentrado: revisa que los contenedores tengas bolsas adecuadas, asegura los letreros de “aprovechables” y “no aprovechables”, y recibe botellas y empaques con una sonrisa. Segregar los residuos de miles de personas es su misión en la vida.

A Basilio le tocó descubrirlo a partir de la necesidad. Después de ser obrero municipal en San Martín de Porres, microempresario fallido y vigilante de condominio, decidió, en 2002, comenzar a recuperar material reciclable entre la basura como otros hombre y mujeres. “Eran como topos. Corrían silenciosos con sus bolsitas, de aquí para allá. Ahí aprendí qué era ser un reciclador y el valor de la basura”, explica.

Al igual que sus compañeros de reciclaje, se acostumbró a ser visto con sospecha, a ser echado por vecinos y perseguido por el serenazgo. Sin embargo, nunca se rindió. Cada noche partía desde su casa en Bocanegra, al otro lado de la ciudad, hasta Jesús María para hacer de ese revoltijo de basura embutido en bolsas, una posibilidad para la industria del segregado: ordenaba plástico, papel, cartón y todo material reaprovechable.

“Yo mismo veía todo eso como basura. Pero luego comprendí que podía transformarse en dinero y ayudar al medio ambiente”, reconoce ahora, 17 años después de sus primeras andanzas por calles y avenidas. La madrugada se convirtió en su horario de trabajo, y como pionero del reciclaje informal quedó inmortalizado a través de un ensayo fotográfico del reportero gráfico Oscar Durand llamado “El Valor de lo Invisible” (2012).

Mientras repasa aquellas noches interminables en La Parada y Manzanilla, donde revendía todo lo acopiado a cachineros, y los días con apenas unas cuantas horas de sueño, Basilio tiene motivos para sentir que el esfuerzo valió la pena. En 2005, junto a dirigentes de otras asociaciones de recicladores de Lima organizaron una federación, y, cuatro años después, lograron que el Congreso de la República promulgara la Ley del Reciclador (Nº 29419).

La formalización le permitió crecer a él y al resto de sus compañeros. El apoyo de la Gerencia de Desarrollo Empresarial de la Municipalidad de Lima, en 2014, fue uno de los pasos decisivos para convencerse de que estaban en el camino correcto. “La formalidad nos permitió mejores condiciones de trabajo, y la posibilidad de negociar directamente con las empresas a partir de grandes volúmenes de material reciclado”, dice.

Basilio sabe que haber formado en 2011 la Asociación de Recicladores de Jesús María, permitirá que más recicladores urbanos sean integrados a la cadena de valor en favor de una economía circular. “Los que formamos la asociación hemos mejorado en un 50% nuestros ingresos por el hecho de ser formales”, asegura.

Si bien en el Perú hay más de 100 mil recicladores, la mayoría de ellos aún en situación de informalidad, Basilio tiene el sueño de que más asociaciones sean conformadas y que otros héroes anónimos como él se unan a la cadena del reciclaje. “La mayoría son personas mayores o madres solteras que no tienen oportunidades laborales, pero que tienen todo el deseo de salir adelante. Nuestro deseo es que puedan formalizarse”, afirma.

El trabajo de Basilio es silencioso, pero cada vez que su voz se escucha hay motivos para que el resto lo admire. Después de impulsar la Ley del Reciclador y de haber creador la primera asociación de recicladores en Lima Metropolitana, se ha convertido en inspiración para otros segregadores y referente en el mundo del reciclaje. “Ahora trabajamos con el Ministerio del Ambiente y la Universidad Agraria me invita a capacitaciones”, cuenta.

Los avances son notorios: más ciudadanos reciclan sus residuos y las condiciones de trabajo son más adecuadas para los recicladores. Pero Basilio cree que no hay tiempo para descansar: “Antes nadie entendía nuestro trabajo. Ahora los vecinos nos saludan y nos ayudan a reciclar. Yo diría que hemos mejorado un 30%, pero aún falta más conciencia entre la población. Y la mejor manera de lograrlo es a través de la educación”.

Coca-Cola Perú está comprometido con la formalización de más recicladores urbanos para lograr Un Mundo Sin Residuos, y poder recolectar y reciclar, para el año 2030, el equivalente al 100% de los envases que pongan en el mercado.