El Sistema Coca-Cola se ha logrado posicionar como un referente en economía circular del plástico en Perú con su compromiso global “Un Mundo Sin Residuos”. La iniciativa tiene un objetivo audaz y ambicioso: ayudar a recolectar y reciclar una botella por cada una de las que venda para el año 2030.

Una botella arrojada en un basural de Arequipa. Un cartel abandonado en un descampado de la periferia de Lima. Un montón de ladrillos apilados en un botadero de Cieneguilla. A simple vista, residuos. Sin embargo, ahora tienen otra vida.

Economía circular, la solución a la amenaza de un mundo cada vez más contaminado. La apuesta de empresas y emprendedores de reducir, reutilizar y reciclar.

Una botella que se convierte en otra botella

Hace cuatro años Coca-Cola decidió dar un paso decisivo en Arequipa. Si bien el reciclaje de botellas PET ya estaba consolidándose en Lima, la Compañía extendió sus esfuerzos a la Ciudad Blanca para cumplir su compromiso de Un Mundo Sin Residuos al 2030. La meta: recolectar y reciclar el equivalente al 100% de los empaques que pone en el mercado.

El respaldo a cientos de recicladores informales en Arequipa a través del Programa de Reciclaje Inclusivo, realizado con el apoyo de la ONG Ciudad Saludable, ha sido clave para que el Sistema Coca-Cola logre utilizar 25% de resina reciclada en la elaboración de sus botellas. En el camino, asociaciones como Sumaq Pacha y Ecoeficientes consiguieron formalizarse y tener mejores condiciones de trabajo. A la par, se convirtieron en la piedra angular de una nueva economía sostenible.

Coca-Cola impulsa el trabajo de cientos de recicladores en Arequipa. 

Donde antes acababa la economía lineal, de usar y botar, ahora el trabajo de los recicladores de Arequipa obtiene un valor que puede pesarse en toneladas. Una botella vacía es el punto de inicio de una cadena cada vez más grande que permite la construcción de un mundo sin residuos. Todo bajo el amparo del Acuerdo Global de la Nueva Economía de Plástico, firmado por Coca-Cola y otras 300 organizaciones.

Un cartel, un mensaje para todos

Un buen día de finales del 2016, José Antonio Díaz decidió que, así como una botella podía reutilizarse, un banner publicitario o un cartel antiguo también. Lo había visto en Barcelona, durante un viaje estudios, y por eso a su regreso a Lima estaba convencido de que las miles de toneladas que se producen de carteles de PVC (que tapizarían cuatro Estadios Nacionales al mes) podían tener mejor destino que un relleno sanitario.

Así surgió Fui Un Banner (FUB), bajo la consigna de elaborar toda clase de implementos a partir de un material tan versátil como la tela, el cuero y el plástico. Si bien notó que una parte de los carteles ya son reutilizados como techos informales, recubrimientos y cobertizos, se propuso lo inimaginable: confeccionar mochilas, morrales, cartucheras, bolsos y porta laptops.

José Antonio, ingeniero industrial con formación ambiental, ha logrado que un panel fuera de vigencia, de dos por cuatro metros, pueda convertirse en 8 mochilas, 10 morrales, 20 bolsos o 100 cartucheras.

Fui Un Banner (FUB) no solo ayuda al medio ambiente con la reutilización de carteles de PVC; además brinda trabajo a cinco reclusas del penal de Santa Mónica. 

“Eso que para muchas personas es basura, para nosotros es el insumo de una nueva industria”, dice José Antonio, quien confiesa que el esfuerzo no es solo suyo. Las manos de cinco reclusas del Penal de Santa Mónica en Chorrillos están en cada costura de los productos de FUB. Ellan, Antuanet, Ana, Rosalía y Mercedes, todas integrantes del programa de Cárceles Productivos del INPE, son las verdaderas artífices.

“Jamás me imagine que una persona privada de su libertad pueda hacer que su hijo estudie una carrera universitaria por reciclar un banner”, dice José Antonio, orgulloso de haber logrado que las integrantes de FUB aumenten hasta en un 40% sus ingresos y ayuden a que menos paneles publicitarios y carteles políticos contaminen la ciudad.

Un ladrillo, el inicio de la reconstrucción

Un camión descarga varios kilos inservibles de cemento mezclado con ladrillos y concreto. En medio de un paraje gris, entre Cieneguilla y Pachacamac, nada más certero para quebrar el silencio. Roger Mori está acostumbrado a ese estruendo. Desde que tiene uso de razón, acompañó a su padre a construir casas y edificios. Entre arena y piedra triturada, creció viendo cómo la construcción también acumula desperdicios.

Una mañana, en medio de una obra en el Rímac, decidió probar qué pasaba si juntaba los residuos de una pared derribada, unos cuantos ladrillos rotos y la merma de cemento. El resultado lo sorprendió: ese 10% que suele quedar inutilizado en el mundo de la construcción podía ser el insumo para elaborar nuevos materiales. Poco tiempo después, decidió convertir esa sospecha en un emprendimiento ambiental.

Han pasado tres años desde que Roger sentó las bases de Ciclo, la primera empresa dedicada a la elaboración de ladrillos, bloques de concreto y adoquines con materiales reciclados de la construcción. Junto a Marjorie Mori, su hermana, y, José Luis Cruzado, uno de sus socios, lograron ganar el fondo de Ideas Audaces de Concytec y, poco tiempo después, la cuarta generación de StartUp Perú.

Ciclo es la primera empresa en el Perú que elabora ladrillos, bloques y adoquines con los desechos de la construcción.


En pocos meses la planta de Ciclo tendrá capacidad para hacerse cargo de los residuos de las constructoras y convertir todo eso en nuevos ladrillos, bloques y adoquines. “El agregado reciclado, obtenido después de triturar los residuos y zarandearlos, permitirá elaborar materiales con una menor huella ecológica, acorde a las construcciones sostenibles que apuntan a la certificación LEED”, dice Roger.

Al igual que con botellas recicladas y banners que pueden tener más de una vida, los residuos de las obras también.