Una abuela y una madre se han propuesto cambiar el mundo botella a botella. Así como suena. Dos generaciones de una misma familia han hecho del reciclaje de envases de plástico una apuesta de vida. En medio de los arenales de Lurín, Gerarda Cirineo (57) decidió dar el primer paso y su hija Hermelinda (32) se convirtió en su principal aliada.

Todo empezó cuando recién llegaron a Lima, en aquel entonces Hermelinda, la tercera de cinco hermanos, apenas tenía siete años. Un día, paseando por una de las playas de Lurín, se toparon con una botella en la arena. “Esto no vale nada”, le dijo su esposo. “Con el tiempo algún día valdrá mucho”, respondió Gerarda y la tomó entre sus manos.

La muerte de su esposo, a los pocos meses, alteraría su mundo por completo, y la familia debió unirse más que nunca para salir adelante.

El esfuerzo de su abuela Gerarda ha servido para que Mateo aprenda que los residuos sólidos deben ser recolectados, organizados y reutilizados.

Desde entonces, aprendió a salir temprano a las calles con un único propósito: levantar cada residuo que se topara en su camino. Lo hizo con dedicación; con el convencimiento de que esa tarea ayudaría a su familia. Así pasaron más de dos décadas. Hasta que un buen día decidió que ella también podía ser capaz de recoger y acopiar, en sus horas libres, residuos reciclables. Una botella. Dos. Diez. Cien. Y no paró más.

En poco tiempo el terrno familiar albergó, un pequeño centro de acopio. Así como Gerarda había logrado edificar una casa de una planta y una granja con animales que la hacían recordar a su pueblo natal, consiguió que todo el material que recogía en las calles tuviera un lugar adecuado para ser dispuesto y organizado.

“En algún momento me dio vergüenza recoger botellas. Pero luego me decía: ‘¿Por qué me va a dar vergüenza? Me siento orgullosa porque yo como mujer soy bien valiente”, dice Gerarda, quien dedica las tardes a recorrer las playas y calles de Lurín para dejarlas libres de residuos.

En el último verano, logró recolectar un poco más de 200 kilos de plástico PET. Pero no lo ha hecho sola. Hermelinda colaboró junto a sus hermanas. ”Después de trabajar durante el día, mi mamá se va por la tarde a la playa y empieza a reciclar. Nosotras vamos, nos metemos un chapuzón y le ayudamos con las botellas para traerlas a la casa”, cuenta, mientras observa la montaña de envases que han logrado recolectar.

Mateo, el nieto de Gerarda, es su más fiel seguidor. Cada vez que sale a la calle, no comprende que la gente deje sus tire la basura fuera de los tachos. Su compromiso es con el medio ambiente. “Mamá, mira allí hay una botella”, le dice a Hermelinda. Ambos fueron voluntarios de Un Mundo sin Residuos en la limpieza de playas organizada por Coca-Cola y la ONG Vida en Arica y San Pedro.

Gerarda ya lleva casi cuatro años en la tarea de reciclar plástico PET. Su principal anhelo es consolidar su centro de acopio y ayudar al medio ambiente.

“Aunque sea poquito, mi mamá, mi hijo y yo estamos colaborando con el cuidado del planeta”, añade, orgullosa, al ver que un emprendimiento, que surgió ante la necesidad de generar más ingresos, sea ahora la mejor forma de educar ambientalmente a Mateo. “Tú también vas a aprender a reciclar, hijito. Esto es bueno para el ambiente”, le dice Gerarda.

Los tres están decididos a seguir rescatando botellas; evitando que acaben en un botadero informal o en el mar. El siguiente paso es hacer crecer el centro de acopio y comprar una balanza. “Queremos que se convierta en un negocio que ayude al medio ambiente”, explica Hermelinda.

Esfuerzos como los de Gerarda, su hija y su nieto hacen posible una verdadera economía circular. Algo que Coca-Cola busca para que sus envases tengan más de una vida útil. Eso ya se ve reflejado en su portafolio 100% reciclable y con botellas hechas con 25% de plástico reciclado. El compromiso por Un Mundo sin Residuos permitirá que al 2030 la totalidad de sus envases comercializados sean recolectados y reciclados.