La creatividad surgió una mañana en plena pandemia. Keyla Polo se dio cuenta de que la crisis sanitaria era una oportunidad para su negocio. En seguida le contó la idea a Efraín Alva, su compañero de vida desde hace 19 años y socio en Qaya, un emprendimiento que rescata el cuero de pescado desechado para elaborar productos de moda.

“¿Y si hacemos una mascarilla de cuero de pescado?”, le propuso ella a su regreso a casa. Como tantas veces, desde que formaron una familia con tres hijos y varios intentos de negocios, Efraín decidió seguirla en la aventura. Confiaron en que si habían sido capaces de crear billeteras, aretes y hasta zapatos, podían elaborar mascarillas. Reinventarse era posible.

Poner en marcha la confección de estas mascarillas inéditas fue tarea sencilla gracias a la experiencia ganada desde el 2015, que los había preparado para este nuevo reto. Contactaron entonces a sus proveedores: desde los criaderos en la región Amazonas y el terminal pesquero de Villa María del Triunfo, las pieles empezaron a llegar.

Qaya trabaja con pieles de paiche compradas a criadores formales. La principal preocupación es aprovechar estos desechos en la elaboración de nuevos productos. 

La multiplicación de los peces fue la bendición para reiniciar el negocio. Corvinas, pericos, tilapias, pacos, gamitanas, doncellas, toyos y el majestuoso paiche, el pez más grande de la selva amazónica, lograron reactivar el taller de Qaya. Keyla y Efraín se encargaron del resto: la limpieza, el descarnado y el descamado de la piel, el curtido con tanino, el secado al sol para proteger el cuero y el teñido con cúrcuma, achiote y otros tintes naturales.

Adrián, el mayor de los tres hijos de Keyla y Efraín, diseñó los modelos. Cada ejemplar, además de cuero, cuenta con doble capa de notex y una capa de algodón orgánico con micropartículas de cobre para una mayor protección. Marcelo y Camila, los hermanos menores, han colaborado con la promoción en las redes sociales y con otras tareas en el taller. “Qaya es algo que nos ha unido mucho más como familia”, suspira Keyla.

En pocos días, los pedidos empezaron también a multiplicarse. “Hicimos las mascarillas, primero, pensando en venderlas a los familiares o amigos cercanos, pero nos dimos con la sorpresa de que fue un boom”, cuenta Keyla. El impacto fue tal que Qaya levantó sus ventas, mermadas a causa de la pandemia, y logró sostenerse todo el 2020.

En poco más de un año, han logrado vender más de cinco mil mascarillas. Un porcentaje importante ha sido exportado a países como México y Estados Unidos. “Hemos sido evaluados por el Ministerio de Salud para poder exportar nuestras mascarillas. Contamos con una certificación”, dice Efraín, Gerente de Desarrollo e Innovación de Qaya.

Las pieles son secadas al sol luego de un largo proceso de limpieza, descarnado, descamado, curtido y teñido. La técnica artesanal garantiza un cuero de calidad. 

Un cuero con triple impacto

Las bondades de una mascarilla de cuero de pescado u otros productos elaborados con este material no solo son para los eventuales clientes. Además de garantizar una mayor durabilidad, debido a que el cuero de pescado puede llegar a ser hasta nueve veces más fuerte que el cuero común, otros tres beneficios se desprenden del proceso.

El primero de ellos es el beneficio ambiental. “Las pieles que compramos son desechos de la pesca artesanal y de la acuicultura. No depredamos. Al comprar estas pieles estamos ayudando a que no se contamine el medio ambiente porque estas pieles antes eran desechadas de mala manera”, explica Keyra, Gerente General de Qaya.

A su vez, el reaprovechamiento de estos residuos genera un beneficio económico para familias de escasos recursos. “Cuando alguien compra una mascarilla de Qaya gana el ambiente, pero también gana el criador de paiche, los pescadores artesanales y las señoras fileteadoras que están toda la madrugada trabajando en el mercado”, dice Efraín.

La confección de las mascarillas está a cargo de cuatro internas del penal de mujeres de Santa Mónica en Chorrillos. Esto les permite contar con un ingreso económico. 

El modelo de negocio sostenible de Qaya se cierra con el beneficio social, reflejado en puestos de trabajo para internas del penal de Santa Mónica y en un porcentaje de los ingresos donados a comedores populares. “Así logramos el triple impacto de Qaya, que aporta a la economía del país, al medio ambiente y al tema social”, afirma Efraín.

Los múltiples reconocimientos a Qaya, entre ellos el Reto Bío de Innóvate Perú en 2019, son la confirmación de una nueva manera de hacer negocios. “El potencial de los negocios sostenibles es enorme. Es el futuro. Y no solo con el cuero del pescado, sino también con otros residuos”, dice Efraín. No en vano Qaya significa “el mañana” en quechua.

Y ese mañana mejor es el que la Compañía Coca-Cola busca construir a través de su compromiso global por Un Mundo Sin Residuos, que busca recolectar y reciclar el equivalente al 100% de envases que la Compañía comercializa al año 2030.

Keyla y Efraín están a punto de cumplir veinte años como compañeros de vida. Sus tres hijos Adrián, Marcelo y Camila, y ahora Qaya, son sus mayores orgullos.