Una botella de plástico puede convertirse en una nueva botella. Una cajita de Tetra Pak acaba transformándose en material reutilizable. Una botella retornable de vidrio de         Coca-Cola puede ser reutilizada hasta 35 veces. Pero, ¿qué sucede con un pañal desechable? Se trata, de hecho, del tercer artículo que más residuos genera en todo el mundo: ocupa el 50% del espacio en vertederos y rellenos sanitarios. La pregunta, entonces, es sumamente relevante.

Frente a este escenario, Lissette Yllanes, una química farmacéutica de la Universidad de Huánuco, decidió ensayar una solución: hacerse cargo del recojo de los pañales usados en su ciudad y darles una segunda utilidad. A través de un proceso químico ha logrado aprovechar el gel con orina acumulada para elaborar abono natural. Una iniciativa que ha sido reconocida como una de las mejores de los Premios Latinoamérica Verde 2018: un meritorio puesto 11 en la categoría Agua, entre los 3.600 proyectos presentados.

“Hablamos del reciclaje de vidrio y de plástico, pero no se habla del reciclaje de los pañales. Si un niño puede llegar a generar hasta 3.800 pañales al año, multipliquemos eso por todos los niños a nivel mundial”, advierte Lissette, quien recuerda dos de los principales inconvenientes de los pañales desechables: el plástico que lo compone demora en degradarse 500 años y ocupa buena parte del volumen total en los botaderos.

Al ser madre de dos niñas de tres y cuatro años, Lissett sintió que debía comprometerse con el tema. “¿Cómo hago para reutilizar y no seguir contaminando?”, se preguntó varias veces, hasta que decidió buscar información y se enteró que en otros países utilizaban el gel de los pañales para la agricultura. Consultó a ingenieros agrónomos y campesinos, y le dieron su respaldo. Así nació ReciYapuy, un compost natural, con el esfuerzo de las familias Yllanes, Santos, Briceño y Nauca.

Unas 18 toneladas de hidroabono se han elaborado a partir de la recolección de 4.000 kilos de pañales desechables. El gel con orina es el principal insumo. 

Una inspección en el botadero de Chilipampa, el principal de Huánuco, bastó para confirmar sus sospechas: el pañal desechable era uno de los tres productos que más residuos generaba. Al igual que la cáscara de plátano, de gran consumo en la selva central del Perú. “Aquí se come bastante Tacacho y Juane. Por eso se produce mucho residuo de plátano. En vez de eliminarlo, quisimos reutilizarlo. En la primera fase trabajamos con el gel del pañal y esas cáscaras; luego, con todos los residuos orgánicos”, explica Lissette.

Después de las primeras pruebas, la Universidad Agraria de la Selva certificó en mayo del 2018 que el abono ReciYapuy no presentaba cadmio ni plomo, y que poseía los nutrientes indispensables para que los cultivos crecieran vigorosos. Una de las claves tenía nombre propio: el ácido úrico aportado por la orina acumulada en el gel de los pañales.

Plantaciones enteras de cebollas, choclo, café y papa han sido cultivadas desde entonces. Dos hectáreas del Centro Poblado Chicchuy - Colpa Alta han servido para demostrar que el hidroabono de Lissette tiene un enorme potencial, replicable en otras regiones.

“En comparación de un abono químico que cuesta 80 soles el costal, el hidroabono tiene un valor de 40 soles y conserva húmeda la tierra. Con este abono no es necesario regar cada seis o siete días. Se ha podido llegar a 12 días con la tierra húmeda. Eso ha beneficiado en el ahorro de agua para el agricultor”, dice la creadora de ReciYapuy, sin olvidar que han logrado rescatar 4.000 kilos de pañales usados de cunas, guarderías y escuelas.

Lissette, junto a su familia, ha logrado darle otra utilidad a las miles de toneladas de pañales que se acumulan en el principal botadero de Huánuco.

Desde su creación, esta innovadora iniciativa ha logrado producir 18 toneladas de abono natural. No solo a partir del gel de los pañales y las cáscaras de plátano, sino también de los desechos orgánicos de los principales mercados de Huánuco. Y, de paso, rescatar el plástico resultante para la elaboración de otros productos. “Si reutilizamos lo que otros botan, estaríamos logrando un verdadero sistema circular”, explica Lissett.

“El mundo está lleno de problemas. Atrevámonos a buscarles soluciones. Porque todos nos quejamos, pero no accionamos. Y todos podemos. Si todos hiciéramos algo, el mundo sería diferente. Por eso nosotros vamos a continuar con otros proyectos”, dice Lissette, convencida de que Un Mundo sin Residuos es más que un deseo.