El vaso que levanta Rafael Huamaní es una incógnita: contiene agua provista por el camión cisterna que recorre todos los días los arenales de Lomas de Marchán, en la parte alta de Pucusana. Hace tres años cualquiera de sus vecinos habría dado un sorbo directo, sin dudas ni preocupaciones. Pero, ahora, nadie se atreve a probar de esa agua no sin antes preguntarse: ¿es segura para todos?

Rafael lo tuvo que experimentar en su propia casa, por eso fue uno de los primeros en aceptar el llamado de Arca Continental Lindley para conformar un comité de vigías para la calidad de agua en su comunidad. El programa Agua Segura Para Todos solo sería viable si los propios vecinos se organizaban.

Junto con Genoveva y Jesusa, Rafael cumple la tarea de vigía en el Asentamiento Humano Lomas de Marchán, visitando casa por casa. 


Rafael decidió participar de las seis capacitaciones junto a otros 45 padres de familia y logró certificarse como uno de los 16 vigías de su barrio. En un distrito costero donde el acceso al agua potable es apenas del 41%, la clave era aprender a mejorar los hábitos de almacenamiento y uso de agua para luego compartir ese conocimiento con más de 300 familias. “Esto nos ha ayudado a cuidar mejor nuestra salud”, dice.

Mientras recuerda la desconfianza inicial de muchos de sus vecinos, se alisa el chaleco beige que lleva puesto. Está orgulloso: el logo del programa Agua Segura para Todos lo acompaña desde hace casi dos años. Casa por casa, lleva un gran mensaje: “Tenemos que lavar nuestros recipientes cada cuatro días, medir el nivel de cloro en el agua que compramos y hervir siempre lo que será para nuestro consumo”, le dice a una vecina.

Esto mismo se lo repite ahora a Cecilia Navarro, una de las más convencidas con el programa dentro de la comunidad. Una vez que la manguera del camión cisterna ha colmado el reservorio de más de 500 litros colocado a la entrada de su casa, Rafael llena un vaso con agua y comienza un proceso de comprobación. “Vamos a medir cuánto cloro tiene para saber si es apto para el consumo o no”, anuncia.

Una de las medidas preventivas, dadas por los vigías, es lavar los reservorios de agua cada tres o cuatro días. Eso aminora el riesgo de enfermedades.


A continuación saca un aparato minúsculo con una escala en tonos rosados. “Este es el controlador de cloro”, explica, antes de verter en su interior el agua del vaso. Un reactivo, en forma de una pastilla, le hará saber la cantidad de cloro. El agua apenas se tiñe. “Eso quiere decir que el agua del camión no tiene la cantidad adecuada de cloro para que se pueda consumir. La vecina va a tener que hacerlo”, sentencia.

Sin este proceso, Cecilia habría confiado en el agua del camión cisterna. Un riesgo que ahora prefiere no correr. “Antes no teníamos cómo controlar el agua, incluso los niños la tomaban, pero gracias a los vigías sabemos que tenemos que echarle cloro o unas gotas de lejía, y lavar los recipientes. Ellos nos orientan para usar correctamente el agua”, dice Cecilia, madre de 12 hijos.

Pero así como Rafael y otros vigías como Jesusa y Genoveva fueron capacitados, los vecinos también han podido informarse sobre los beneficios de custodiar el agua que consumen. Las ferias de sensibilización y las visitas informativas permitieron que en menos de dos años la realidad empezara a cambiar. “Se han reducido las enfermedades en los niños y muchos vecinos están contentos. Quisiéramos que esto siguiera no solo para nuestro asentimiento, sino para otros que tienen el mismo problema”, sugiere Cecilia.

El consumo en su familia de agua sin los cuidados necesarios hizo que Rafael se decidiera a convertirse en un vigía.


Su pedido será escuchado. El plan piloto emprendido en Lomas de Marchán ha servido para corroborar la efectividad del programa Agua Segura Para Todos. El siguiente paso será replicarlo en otros nueve asentamientos en evaluación: Grano de Oro, La Ponderosa, Villa las Flores, Nuevo Mundo, Margarita Navarro, Santísima Cruz de Madero, Virgen de las Mercedes, Nueva Esperanza y Los Jardines.

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