Una heroína con traje verde y superpoderes medioambientales acaba de irrumpir en el tráfico de la avenida Huaylas en Chorrillos. En medio del calor de enero, los atronadores cláxones y el humo de los tubos de escape, Reciclita ha decidido activar su principal arma ante la indiferencia de los resignados pasajeros. “Alzo mi voz, la voz de lo profundo, es la voz del corazón, el corazón de este mundo. La Tierra nos hace un llamado a salvar el planeta. Por tus hijos, por mis hijos, por sus sueños y sus metas…”, dice Juana Miranda, convencida de que alguna persona despertará de su letargo y se sumará al bando de héroes anónimos que luchan por el planeta.

Juana ya se acostumbró a ser uno de ellos. Una heroína anónima pero incansable, que viste un traje de fieltro, hecho con fibra de plástico PET y decorado con florecitas que alguna vez fueron envases desechados. Una mujer que descubrió que su labor como Profesora de Química en Chimbote no alcanzaba para inculcar la importancia del cuidado del medio ambiente a más personas, y por eso decidió convertirse en Reciclita de los pies a la cabeza.

En lugar de un corazón, su escudo es una poderosa “R”, capaz de multiplicar por cinco el efecto de su mensaje (rechazar, recuperar, reducir, reutilizar y reciclar). También lleva en el pecho un broche con el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 13 (“Acción por el Clima”), como un amuleto mágico que evita que la desesperanza la debilite por dentro. De este modo, se siente protegida, invencible, capaz de todo por este mundo.

Pero detrás de ese traje multicolor y esos anteojos pintados con témpera ecológica —al mejor estilo de un antifaz— se esconde una verdadera heroína que tiene un superpoder adquirido desde que era una niña: el amor por la naturaleza. El contacto con el campo, los árboles y el aire de su natal Tangay, en las afueras de Nuevo Chimbote, permitió a Juana dar vida a su alter ego.

El cuento medioambiental “Grazia, una garza valiente”, que ganó el Premio de Literatura “Pedagogiano” en el 2013, convenció a Juana de que hacía falta más ingenio para convencer a niños y adultos.

Sin proponérselo, se convirtió en una cuentacuentos durante sus clases de Química. Luego,  construyó un huerto dentro del colegio Las Palmas de Nuevo Chimbote y empezó a dictar talleres sobre reciclaje. Pero los niños no querían escucharla a ella, sino a alguien que perteneciera a su mundo de fantasías.

“Así nació Reciclita”, explica Juana, mientras se dirige a la playa Agua Dulce vestida de heroína. “Me di cuenta que son los niños los que lograrán el cambio, y a través de ellos sus papás podrán entender que también deben sumarse”, añade, ante la extrañeza de los veraneantes que la observan adentrarse en ese mar de sombrillas de la playa chorrillana.

“No se olviden botar sus residuos en los tachos o llevarlos en una bolsita a casa”, aconseja Reciclita a una familia que apura el almuerzo. “Les voy a contar un cuento”, dice más allá ante un grupo de niños curiosos que miran a Cipriana, la tortuga de peluche que lleva en una mano. Algunos adultos hacen una mueca de fastidio. “La indiferencia no me para —aclara Juana— A mis 45 años, yo me atrevo a todo por mi planeta. Así soy yo. Si veo que la gente se ríe o se burla, no me importa. Yo sé que estoy haciendo bien”.

Reciclita visitó Lima para dictar un taller sobre reciclaje en Miraflores, pero aprovechó su estadía para difundir su mensaje en calles, parques y playas.

Antes de que acabe la tarde, Reciclita aparece en un parque de Miraflores sobre la Costa Verde. No tiene tiempo que perder. Ha decidido organizar un taller para niños sobre la importancia de diferenciar los residuos con la ayuda de los contenedores de colores. Ahora todos ya saben que el azul es para el papel, el blanco para el plástico y el verde para el vidrio. Antes de enseñarles también a elaborar broches y ecomacetas con botellas de plástico, les cuenta la historia de Grazia y la imaginación los hace volar hasta Chimbote.

“Mi sueño es un planeta como en mis cuentos: verde, con la gente reciclando, consumiendo menos, ahorrando energía y disfrutando todo eso que yo disfruté de niña”, dice Juana. Mientras tanto, tiene que cumplir también con su labor de embajadora en el Perú de los Premios Latinoamérica Verde. Después de ubicarse por dos años consecutivos en el Top 500 de los emprendimientos sostenibles de la región, recibió la misión de captar a otros héroes anónimos como ella: “Es un gran reto porque debo encontrar a aquellos emprendedores que dicen ‘si es bueno para el planeta, es bueno para mi negocio’”.

Antes de quitarse el traje de Reciclita para volver a ser una Profesora de Química que escribe poesía y cuentos ambientales, Juana reconoce que ambas, en el fondo, son parte de una misma unidad. “Quizá se trate de dos personas diferentes, pero lo que tienen en común es la pasión por cuidar el planeta”.