Sonia Hilario fue una visionaria. Hace 18 años y donde la mayoría aún veía botellas desechadas en un tacho de basura, ella vio un negocio. Por eso, creó su propio centro de acopio cuando recolectar plástico PET era un oficio con mala fama.

Junto a su esposo, Wilfredo Galván, decidieron construir su casa en la segunda planta de este enorme depósito de techo alto que edificaron ladrillo a ladrillo, botella a botella. Al pie de la avenida Canta Callao, en Los Olivos, el centro de acopio GH SAC —por las iniciales de los apellidos de la pareja — no tardó en convertirse en el vértice de sus vidas. A su vez,  ellos se acostumbraron a vivir sobre toneladas de envases de plástico.

A Sonia le tocó nacer y crecer en un hogar donde no faltó el amor, pero donde la balanza se inclinaba a favor de sus hermanos. “No me dieron la oportunidad de educarme porque en mi familia se pensaba que solo se educaba a los hijos varones. Pero yo me prometí a mí misma cambiar mi historia, no quedarme ahí”, cuenta Sonia, con la mirada lejana, como si regresara a aquellos tiempos.

El cambio empezó a partir de su matrimonio con Wilfredo, cuya madre había decidido incursionar en el negocio del reciclaje con buenos resultados. “¿Por qué no?”, se dijeron ambos con la esperanza de generar un nuevo ingreso económico para la familia, integrada también por los dos hijos de la pareja, Aníbal y Alexander.

“Tenía el sueño de tener una empresa. Estaba segura de mí misma. Por eso me metí de lleno”, dice la dueña de GH SAC. No pasó demasiado tiempo para que Sonia y Wilfredo lograran edificar su centro de acopio. El negocio prosperó y no solo para ellos. “En el camino me di cuenta de que podía colaborar con el medio ambiente y darles trabajo a personas necesitadas”, asegura, flanqueada por una pared de cuatro metros formada por botellas compactadas.

La vida también le enseñó que no todo lo que brilla es oro: la muerte de Wilfredo la tomó por sorpresa, debió vender algunos camiones y sus ingresos disminuyeron. Sonia tardó en procesar el golpe, pero decidió levantarse y seguir. “Me agradezco a mí misma porque todo lo que tengo es a través del sacrificio y la labor de cada día”, sostiene. Unos metros más allá, un retrato de su marido lleva una inscripción que describe lo que puede leerse en la mirada de Sonia: “Así estés lejos siempre estarás en nuestros corazones”.

El mejor pilar, una botella

El negocio de Sonia se sostiene gracias a las 20 toneladas de botellas de plástico que recolecta cada mes. Día a día sus empleados clasifican por colores las botellas desechadas, para luego compactarlas en pacas. Como proveedora de San Miguel Industrias, Sonia se ha convertido en una de los artífices de que el portafolio de Coca-Cola Perú tenga un 25% de resina reciclada en sus botellas.

El centro de acopio de Sonia cuenta con una prensa que permite compactar las botellas segregadas en pacas de más de 300 kilos.


“Si nosotros no hiciéramos esta labor, el mundo estaría más contaminado, es fundamental para el medio ambiente”, dice Sonia, que sigue atenta cada movimiento de sus empleados y operarios. Juliza Cabrera, su mano derecha, también ha aprendido a valorar su trabajo. “Muchos se avergüenzan por recoger y seleccionar botellas, pero yo estoy orgullosa porque con esto les doy de comer a mis hijos y ayudo al planeta”, asegura, mientras la prensa hace crujir botella tras botella.

En pocos minutos, miles de envases vacíos se convierten en un cubo de plástico corrugado de un metro y medio de alto y más de 300 kilos, que luego será trasladado hasta la planta de San Miguel Industrias, en el Cercado de Lima. Cancio Alarcón, un reciclador experimentado, es testigo diario de este incansable proceso. Después de llegar con su costal de botellas y pesar su mercancía en la balanza, observa desde lejos el punto de inicio de una larga cadena en favor de la economía circular.

“Estas botellas nos permiten vivir”, afirma Cancio a sus 78 años. Como él, existen decenas de microrrecicladores que llegan hasta este centro de acopio para vender lo recolectado. “Donde otros ven una botella, yo veo negocio y una ayuda al medio ambiente”, explica Sonia, que dentro de poco deberá subir al segundo piso para almorzar. Debajo de ella, las rumas de botellas seguirán siendo el mejor pilar para edificar sus sueños. El próximo podría hacerse realidad: mudarse a otro barrio y acondicionar un gimnasio aquí mismo, sobre su centro de acopio.