“¿Usted cree que con un ladrillito va a poder salvar el mundo?”. Martha Malpica ya está acostumbrada a esa pregunta, que escucha desde que decidió en 2007 impulsar en Perú la elaboración de ladrillos con plástico reciclado.

Ahora, con 64 años, tiene todo lo necesario para seguir sintiéndose una soñadora sin sonrojarse. A sus pies, una lona azul contiene los ingredientes para empezar con la mezcla que la ha convertido en la anónima creadora peruana de los ladrillos reciclados: plástico triturado, cemento, celulosa y una vasija de agua.

Mientras combina los restos molidos de bolsas, lapiceros, tuppers y botellas con algunos kilos de cemento, Martha empieza el recuento de su vida. Es contadora pública y, aunque no estudió ingeniería, asesora a arquitectos e ingenieros civiles tanto en el país como en Paraguay y Bolivia. Está convencida de que para edificar un sueño los diplomas en la pared sobran.

Para llegar hasta donde llegó solo le hizo falta identificarse con su tierra. Un terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter destruyó Pisco en el 2007, pero fortaleció el espíritu filántropo de Martha. De organizar actividades en zonas vulnerables pasó a tener como principal preocupación la construcción de viviendas dignas a bajo costo. ¿Pero cómo podría lograrlo?

Emprendedora neta con sentido social, Martha se puso en contacto con los investigadores del Centro Experimental de la Vivienda Económica (CEVE) de Argentina para intentar replicar la experiencia de los ladrillos con material reciclado. Si bien la idea original contemplaba elaborarlos solo con botellas PET, en el camino se convenció de que todos los plásticos debían ser incluidos.

Los ladrillos de LadriPlast contienen un 50% de plástico triturado (1,5 kilogramos), 45% de cemento y 5% de celulosa y agua.

Al principio no fue fácil, dice. Nadie apostaba por ella. Mucho menos su esposo, ingeniero electrónico; ni sus concuñados, ingenieros químicos. Les costaba dar su brazo a torcer. Cemento y plástico. La fórmula generaba risas soterradas, pero Martha insistió. En el camino, otros ingenieros le dieron el beneficio de la duda. Rubén Lazo y José Vargas, por ejemplo. Ahora ella pronuncia sus nombres con orgullo.

El tesón fue el verdadero forjador del ladrillo de Martha, pero también el consejo de otros creyentes como ella: adoberos de Santa María de Huachipa, técnicos de SENCICO, barristas regenerados de Construyendo Perú, profesionales de la Universidad Ricardo Palma. Cada uno de ellos permitió que el sueño de esta contadora con alma de ingeniera adquiera la forma de un ladrillo, capaz de recibir la carga de siete kilogramos por centímetro cuadrado, y que llevara por nombre LadriPlast, en honor a su principal ingrediente.

Sin el capital necesario aún para convertir su producto en una empresa social, Martha se ha dedicado a incentivar a otros. La arquitecta paraguaya Carolina Aquino es una de ellas. Recientemente anunció un proyecto para impulsar la autoconstrucción en zonas empobrecidas de Asunción. Óscar Vélez, de la Universidad de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, también quiere seguirle los pasos en esta tarea.

La elaboración de ladrillos a menor escala se puede realizar sin necesidad de hornos ni de maquinaria especializada. 

 

Martha reconoce haber llorado de la emoción. “Para mí fue un triunfo que aceptaran esta idea en el extranjero”, dice, sin perder la fe en que otros profesionales peruanos tomarán la posta. Su apuesta es por los jóvenes. “Que se unan para hacer algo nuevo. Cuentan conmigo para guiarlos, y así, ayudar a que más personas tengan una vivienda de calidad”, agrega.

Con asistencia de Camilo, coloca la mezcla en un molde de madera para cuatro unidades. “Vamos a tener que esperar 20 minutos para sacarlos”, advierte Martha, mientras enumera los beneficios de un ladrillo elaborado con plástico reciclado: “Evita que se deprede la tierra agrícola porque la arcilla no es renovable. Evita la tala de árboles para extraer la leña. Evita el uso de combustible fósil para transporte, que tampoco es renovable. Evita el humo de los hornos que contamina el aire y las enfermedades asociadas con esa polución”.

Lo que suena a una utopía, para ella es una inigualable oportunidad para reconstruir el país en base al plástico que se desecha por miles de toneladas al año. “Podríamos eliminar paulatinamente el plástico de las calles y los botaderos de basura, generar puestos de trabajo, resolver el problema de la vivienda para las personas del cinturón de pobreza e incentivar la autoconstrucción”, asegura.

Desmontados del molde, los nuevos cuatro ladrillos de Martha Malpica son la prueba de que no tiene ni una pizca de ingenua. Para ella, que no se cansa de soñar, el plástico, más que un problema, es el principal insumo de sus propósitos. “Yo seguiré con mi romance —como me dice mi esposo— de hacer un mundo mejor”, afirma, quien no se cansa de imaginar que sus ladrillos podrían ser la base para un mundo sin residuos.