La naturaleza siempre tiene respuestas para los dilemas humanos. Basta observarla para encontrar asombrosas soluciones, y eso es justamente lo que ha hecho un grupo de biólogos de la Universidad Agraria de La Molina: observar, probar y afinar. La misión era ambiciosa: reducir el impacto del plástico en el medio ambiente. Encontraron la respuesta en los hongos, segregadores naturales, para transformar residuos de madera en un bioplástico capaz de dar paso a los empaques del futuro.

Más de 20 biólogos, entre alumnos, tesistas, investigadores y docentes, trabajan como hormigas en el Laboratorio de Micología y Biotecnología de la Universidad Agraria, afinando un proyecto que acaba de recibir 297.950 soles de apoyo del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec). La meta: concretar en tres años una solución alineada con la economía circular.

En los seis meses que lleva el proyecto, denominado “Obtención de nanocristales de celulosa para la elaboración de plástico biodegradable”, los resultados generan entusiasmo entre estos científicos peruanos. Motivos sobran. Los hongos han respondido como se esperaba: inoculados en pequeños montones de viruta de bolaina—un árbol que genera residuos agroindustriales en la selva—, se alimentaron de la madera, la degradaron,  secretaron sus enzimas digestivas y produjeron nanocristales de celulosa.

Adriana Mansilla (26) es una de las jóvenes investigadoras que forma parte del proyecto de nanocristales celulosa para la elaboración de plástico biodegradable. 

Si los hongos cumplieron su parte, los biólogos han hecho la suya. El aporte innovador radica en la delicada extracción de los nanocristales y su posterior utilización para la creación de un material similar al plástico, pero de rápida biodegradación (entre 30 a 60 días). En suma, la biotecnología al servicio del medio ambiente. “Son pequeños cristales que, al obtenerlos, concentrarlos y mezclarlos con otros elementos como almidón o pectina, pueden generar un plástico 100% biodegradable”, precisa Gretty Villena, Doctora en Ciencias e Ingeniería Biológicas y responsable del proyecto.

La doctora Gretty Villena encabeza el proyecto junto a las investigadoras Ilanit Samolski e Yvette Ludeña. Las tres lideran a un grupo de más de 20 científicos.

El aporte de los hongos traídos de la selva de Ucayali es la demostración del enorme poder regenerador de la naturaleza. “Estamos aprovechando la capacidad de los hongos, que son seres vivos y degradadores por excelencia. Ellos descomponen toda la biomasa (residuos orgánicos). La capacidad de secretar sus enzimas digestivas son las que nosotros aprovechamos biotecnológicamente”, refiere Gretty.

Junto a las investigadoras Ilanit Samolski e Yvette Ludeña, la doctora Villena ha logrado que un grupo de jóvenes científicos empiece a realizar las primeras pruebas: cultivo controlado de hongos, extracción de nanocristales sin procesos químicos y validación de la resistencia del material para su uso práctico. “Nuestro objetivo es que pueda reemplazar al plástico de un solo uso. Que podamos elaborar bolsas biodegradables y empaques para alimentos, entre otros productos”, afirma la experimentada bióloga a Journey.

El proyecto es liderado por la Universidad Agraria, pero cuenta con dos aliados estratégicos: el Centro de Investigaciones Tecnológicas, Biomédicas y Medioambientales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad de Tiradentes de Brasil. Las tres instituciones apuntan a consolidar una industria renovable que pueda reemplazar a las derivadas del petróleo. “En dos años desarrollaremos la tecnología a nivel básico. En un año más la optimizaremos para luego ponerla a disposición del sector productivo para entrar a la etapa comercial”, anuncia Gretty, optimista tras los progresos obtenidos.

Los 40 años de experiencia de trabajo con hongos en laboratorio otorgan a los investigadores de la Universidad Agraria la certeza de que los resultados serán los esperados. Además, su compromiso está en lograr un mundo sin residuos a través de una economía circular. “El plástico es un residuo que se descompone en 400 o 500 años. Entonces, con esta opción biológica pretendemos darle una solución a mediano plazo. Darle un reemplazo que sea biodegradable y que, con el paso del tiempo, en un periodo corto, pueda volver a la tierra y volverse a usar”, sentencia Adriana.