Esta historia de superación empieza en un pueblito llamado Callanmarca en las alturas de Huancavelica hace más de 50 años. El protagonista es un niño, que, por motivos familiares, debió viajar a Lima y dejar atrás sus cerros y el fogón de su casa. Apartado de su familia, padeció hambre, frío y soledad, pero un buen día su hermana mayor logró rescatarlo.

Aquel niño se llama Alejandro Soto, y es ahora un hombre de 53 años con la mirada relampagueante y las manos rugosas como la corteza de un árbol. A través de ellas se puede intuir su pasado de agricultor, ladrillero y comerciante; pero sobre todo su presente al mando de la Asociación de Recicladores Defensores del Medio Ambiente de Manchay, el principal motivo que le ha permitido aprender a sonreír.

En los ojos de Alejandro no existe ni una pizca de tristeza. Desde que abre el portón de su centro de acopio —que también es su casa— parece recubierto por un inquietante manto de entusiasmo. Son poco más de las siete de la mañana y Alejandro acaba de volver de entrevistarse con el nuevo alcalde de Pachacamac. En su condición de líder de la única asociación de recicladores de Manchay quería hacerle saber su compromiso con el distrito y los planes que tiene para mejorar la planta de segregado.

“Le dije que podemos hacer mucho más en favor del reciclaje”, comenta Alejandro, que enciende el motor de su triciclo para dar un primer recorrido por el barrio. Mientras su esposa Dora prepara el desayuno, él se marcha a recorrer Manchay.

Dora recuerda que años atrás, cuando Alejandro se quedó sin empleo, empezó a trabajar como reciclador informal entre bolsas de basura.


Trece años después de aquel duro inicio en el mundo del reciclaje, Alejandro ha logrado construir, a partir de la guía de su hermano Gregorio, una asociación de recicladores con 32 miembros activos. Los tiempos han cambiado. No solo cuentan con cinco sedes, sino también con una incipiente planta de segregado levantada sobre el terreno de su hermano mayor.

Hasta aquí ha llegado, montado ahora en un viejo Nissan blanco, para empezar la jornada de trabajo. “Mi aspiración siempre fue tener un centro de acopio”, cuenta Alejandro, que en  2014 pudo cumplir ese sueño a partir de la formación de la asociación de recicladores. La formalidad llegó gracias a la ONG Ciudad Saludable, pero, sobre todo, a los consejos de Gregorio, quien los presidió en esa primera etapa.

Después de cuatro años como cabeza de la asociación, su hermano decidió ceder la posta. “Ahora ustedes deben aprender el manejo del negocio”, les dijo. Al principio, Alejandro dudó en ocupar su lugar, pero luego se convenció de que estaba preparado. “He crecido como persona y en la relación con mi familia, con mis vecinos, con todo mi entorno. Sé respetar, sé lo que estoy haciendo, y lo que hago me gusta. Y estoy ayudando al medio ambiente. Estoy creciendo, pero quiero crecer mucho más junto a los 32 asociados”, comenta. “Nosotros comenzamos desde cero, sin nada”, explica emocionado.

A unos pocos metros, Juana, que da crédito a lo que dice su hermano. “Se esforzaron mucho para conseguir todo esto”, dice agradecida, porque ahora son ellos, Alejandro y Gregorio, los que la ayudan dándole un puesto de trabajo.

La historia de Alejandro es ahora una historia para inspirar a otros. Uno de sus hijos ha podido acabar la carrera de Mecánica Automotriz gracias al reciclaje. Su sobrino, que también ayuda en las labores, está a punto de graduarse como contador. Ellos dos, la nueva generación de recicladores profesionalizados, son el orgullo de Alejandro. “No queremos quedarnos acá; queremos ser empresarios para dar más puestos de trabajo”, dice.

Tiene motivos para entusiasmarse. El volumen de material reciclado ha ido en aumento. De las 60 toneladas que consiguen reunir cada mes, 7,5 equivalen a plástico PET, que luego es llevado a San Miguel Industrias para elaborar nuevos envases de Coca-Cola. “Son 105 pacas (cubos de más de 70 kilos de plástico prensado) las que entregamos”, asegura Alejandro, sin olvidar que el siguiente desafío es la industrialización de su pequeña planta.

“En cada botella de Coca-Cola también está el esfuerzo de los 32 miembros de la asociación. Somos parte de Un Mundo Sin Residuos. Y me siento feliz, y no solo por mí sino por mis 32 asociados”, dice con el mismo optimismo con el que empezó el día. “No seremos grandes, pero aquí estamos”, sentencia sonriente.