La Gerente de Canal Moderno para Perú y Bolivia fue una de las tres latinoamericanas entre los 80 miembros de Coca-Cola que asistieron al One Young World 2018.

El mundo de Andrea Neyra creció de repente. Sucedió un día cualquiera en medio del tráfico de la avenida Javier Prado, al recibir un email de Jennifer Mann, la Chief People Officer de Coca-Cola Company. Un largo alarido de felicidad y, de pronto, como si las semanas fueran un pestañeo, la Gerente de Canal Moderno para Perú y Bolivia estaba en La Haya, Holanda, como participante del One Young World, el evento que reúne a más de 1.800 jóvenes líderes de 190 países del mundo.

Por primera vez en sus 30 años de vida, Andrea emprendía un viaje con una mochila especialmente cargada de responsabilidad. Una muy pesada, pero que le quedaba a la medida de sus aspiraciones. Como una de los tres representantes de Latinoamérica, no solo tenía la fortuna de participar del One Young World, sino también del encuentro de los 80 miembros de Coca-Cola llegados de los cinco continentes para intercambiar experiencias.

“Hay gente que sueña con ir al Mundial. Yo soñaba con conectar con más personas para ser una agente de cambio en mi comunidad”, dice Andrea, sentada ante su escritorio, en la segunda planta del edificio de Coca-Cola en Lima. Entre todos los elementos que lucen ordenados en su rincón de trabajo —agendas, adornos, post its y calendarios—, una frase junto a la imagen de una doncella es la que mejor describe a esta joven gerente, sutil, pero decidida: “Princesa que se respeta se rescata sola”.

Los seis días en La Haya fueron como una Navidad adelantada, dice. O como estar en Hollywood, se corrige. O como ser una rockstar, añade. O quizá haya sido todo eso junto, a juzgar por la emoción con la que narra el encuentro con otros líderes de Coca-Cola, de lugares tan distantes como Japón, Brasil, Estados Unidos o India. Todos con un mismo propósito: “Contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de manera global y hacer posible un mundo mejor”, resume Andrea.

La integración a esta nueva comunidad, conformada por 80 nuevos líderes de la Compañía, resultó tan natural y enriquecedora como dar la vuelta al mundo en 80 conversaciones. La visita a la planta de Dongen —una de las más grandes de Europa— y la limpieza de los canales de Ámsterdam junto a la ONG Plastic Whale sirvieron para que acabaran formando una unidad, viva y diversa. “Antes de empezar el evento del One Young World nos convertimos en una gran familia. Este encuentro significó un gran avance de lo que queremos como Compañía”, recuerda con un brillo de satisfacción en los ojos.

En los cuatro días siguientes, ese grupo se integró a uno más grande y estimulante: la familia del One Young World, en la que 1.800 jóvenes, entre funcionarios públicos, gerentes de compañías, emprendedores sociales y líderes ambientales, tejieron contactos a partir de intereses comunes: la mejora de la educación, la igualdad de las mujeres, la reducción de la pobreza y el cuidado del medio ambiente. Nadie se quedó fuera. Más aún con las charlas inspiradoras de los gerentes generales más importantes del mundo o ganadores del Premio Nobel.

Todas las charlas marcaron a Andrea de algún modo. Todas ensancharon un poco más su mundo. Pero una en especial se quedó rondando en su cabeza. La voz de la costarricense Christiana Figueres, gestora del Acuerdo Climático de París, aún resuena en su interior como la voz de su propia conciencia: “Después de nosotros, ustedes van a hacer el cambio. Si bien hay personas que son optimistas y siempre ven lo positivo en todo, ustedes tienen que ser optimistas necios. Esas son las personas que necesitamos”.

Aquella charla de Figueres acabó con una sentencia tan disparatada como esperanzadora: “Bienvenidos al club de los necios optimistas”. Por supuesto, Andrea se considera una. Una que insiste en creer que todos tienen potencial. Una que intenta sonreír cada mañana. Una que desde que era una niña sabe que en su generación estará el próximo Presidente del Perú y que ella podría inspirarle con sus ideas. “Por más que me digan que no, nunca voy a dejar de contagiar optimismo o de tratar de ser una agente de cambio”, asegura.

Ahora, de vuelta en el Perú, su misión será unir a empresas y emprendedores con objetivos comunes en beneficio de sus comunidades. “La Andrea que regresó es muy diferente. Me fui con una motivación, pero ahora creo que nada es imposible”, dice. Además, está convencida de que el gran cambio no solo depende de ella: “Se trata de lograr un cambio chiquito para generar un efecto dominó; y no es importante que yo lo haga o que yo lo lidere, sino ver cómo ayudo a conectar a más personas que están haciendo cosas y darles mayor visibilidad. Ser un reflector de las buenas acciones de otros”, añade.

El mundo de Andrea ha crecido, y su celular se lo recuerda cada vez que suena a cualquier hora. Mensajes desde Brasil, España, Francia, Sudáfrica o Finlandia, a través del grupo de WhatsApp de sus nuevos compañeros de la red de líderes de Coca-Cola, son el aviso diario de lo mucho que aún tiene por hacer como embajadora de los jóvenes del mundo.